Vivir es un tránsito, un camino en donde todos somos nómadas. Que la travesía merezca la pena, depende de ti.
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14 de diciembre de 2021

Capítulo IV y último, mochileros

Mochilero no es lo mismo que montañero y, aunque hay gente que funde en una misma persona la esencia de ambos términos, a menudo poco tienen en común salvo que ambos cargan con sus mochilas. Un mochilero es aquel viajero que recorre el camino cargando sus pertenencias a la espalda, viajando de forma autónoma sin usar, en la medida de lo posible, los clásicos tours organizados por terceras personas o empresas, para conocer lugares a veces remotos, utilizando para ello los medios de transporte locales y hasta sus propios piernas para hacerlo, evitando despilfarros económicos. El mochilero suele ser también una viajero al que le gusta caminar por espacios abiertos, siendo los entornos naturales un objetivo fundamental en muchos de sus viajes hasta convertirlo, incluso, en "el" objetivo prioritario. Conocer gente por el camino, además, forma una parte importante del propio viaje. Un mochilero es un viajero.

Un montañero, sin embargo, es aquel cuyo objetivo primordial para viajar es subir alguna montaña, lo que hace que en ocasiones el propio viaje sea simplemente una necesidad. En muchos casos, además -y doy fe de ello porque lo he vivido muchas veces-, aunque parezca paradójico, para el montañero -y menos aún para el escalador- la naturaleza no es algo básico y esencial en su actividad deportiva sino que es "solamente" el entorno en el que la desarrolla. Ello hace que, aunque muchas de las características del mochilero sean compartidas también por el montañero, a menudo no lo haga la fundamental en el primero de ellos: viajar se convierte en el objeto nuclear del propio viaje.

Nosotros, tras el descenso del Cordón del Plata, habíamos colgado nuestras atuendos de montañeros y nos habíamos vestido con las galas de mochileros. Atrás quedaban los días de esfuerzo para llegar a lo más alto y comenzaban los días de disfrute para, simplemente, ver nuestras montañas desde abajo. Esta vez desde su base. Cóndores, ñandúes, guanacos, caiquenes, loros, caranchos (también llamados caracaras), pingüinos, lobos marinos, cormoranes magallánicos o cisnes de cuello negro, entre otros, amenizarán nuestras rutas por esta tierra dura, en el confín del mundo.

Primer destino: Punta Arenas, ciudad chilena frente a la mítica Tierra de Fuego, y traslado inmediato hasta el encantador pueblo de Puerto Natales, en un mar de fiordos y ensenadas salvajes, con frentes glaciares como el del glaciar Serrano de las fotos, que acaban flotando con placidez en pequeñas lagunas o descolgándose abruptamente sobre el mar, como el Balmaceda.




Nuestro primer contacto con Patagonia no puede ser más espectacular. Estar delante de un monstruo de hielo que se esconde en un lugar realmente recóndito, al que solo se puede llegar en barco navegando más de 60 kilómetros por un fiordo maravilloso, supone un shock que nuestro cerebro no acaba de asimilar. Desde un pequeño embarcadero caminamos por la orilla de uno de los ríos más cortos del mundo, seguro, ya que nace a tan solo cien metros por encima de su desembocadura en el mar, en el propio desagüe de la laguna Serrano, excavada por la lengua de hielo que ahora tenemos delante y que provee abundantemente de icebergs al paisaje lacustre.

Ahora ya sabemos qué nos vamos a encontrar en nuestro deambular por estas tierras: uno de los entornos naturales más salvajes y prístinos que nunca habrán visto nuestros ojos.

Después de este primer contacto con el paisaje patagónico nos marchamos para el Parque Nacional de las Torres del Paine, lugar emblemático como pocos del sur chileno. Nuestro primer destino serán las propias Torres, atravesando páramos abiertos azotados por el viento, bosques de lengas y arroyos, por senderos bien marcados y pisados.






Nos acomodamos en el campo base de aquellos que están intentando escalar alguna de sus cumbres. Las viejas casetas levantadas por los escaladores para refugiarse constituían por aquel entonces una parte importante del propio paisaje del lugar, utilizadas desde hacía años por grandes figuras internacionales de la escalada o desconocidos aspirantes a serlo. Algunas de ellas se transformaban en concurridos lugares de encuentro, puntos de reunión donde hacer vida social. ¡Cuántas lenguas distintas habrán escuchado estas cabañas de madera y plástico, y sobre cuántas aventuras de escalada se habrán centrado las conversaciones! La poca gente que hoy ocupa este campamento nos permite a nosotros hacernos un hueco en una de las tres existentes y evitamos tener que montar la tienda de campaña. Parecemos refugiados de alguna guerra viviendo en chabolas.

Las tres Torres del Paine son casi una anomalía geológica, es como si un niño se hubiera puesto a dibujar montañas y hubiera acabando inventándose tres enormes faros uno al lado del otro, puntiagudos, de cientos de metros de vertical granito, tan altos que atravesaban las nubes.






El clima está siendo como la región, "putagónico", los primeros chaparrones ya nos obligarán a cambiarnos alguna vez de ropa y a secarla junto a las estufas que vamos pillando en distintos lugares. Al día siguiente de nuestra llegada a Campo Torres no deja de llover primero y luego nevar. De regreso a la entrada del parque nacional volveremos a calarnos bajo la lluvia y, por segunda vez aquel día, tendremos que hacer uso de la estufa del refugio (aunque sea un poco pretencioso denominarlo así, lo dejaremos en chozo) que hay junto a la casa del Guarda Parque. Por la noche seguirá lloviendo a mares.



Después de cambiar de zona dentro del mismo parque nacional, emprendemos el camino hacia el Lago Pehoé. El viento y la amenaza de lluvia serán nuestros compañeros, aunque esta última apenas nos mojará un poco al comienzo de la jornada. Pernoctaremos en el refugio del lago, con su precioso techo de chapa ondulada llena de agujeros. Afortunadamente la noche será apacible. Este será un buen lugar desde el que disfrutar de los famosos Cuernos del Paine, esas moles rocosas con grandes franjas de piedra negra, y desde el que acercarse a ver el lago y glaciar Grey, un descomunal manto de hielo de 5 kilómetros de anchura que se pierde en el horizonte. Este glaciar es uno de los que se derraman desde el Campo de Hielo Patagónico Sur, la tercera masa de hielo continental más grande del planeta después de la Antártida y Groenlandia. 










El regreso a la administración del parque y posterior vuelta a Puerto Natales la hacemos a buen ritmo; durante la noche no dejó de llover y no queremos que nos pille de nuevo caminando. Esta vez las nubes nos respetan y, después de varias horas de marcha y de tomar el bus a la ciudad, por la tarde estaremos en Puerto Natales paseando apaciblemente, comprando lo necesario para seguir en ruta y lavando la ropa.


Cruzamos al día siguiente la frontera chileno-argentina y, tras arreglar el papeleo de ambas aduanas, continuamos rumbo a Calafate, que en aquellos años era "... una birria de población; todo sin asfaltar y carísimo", según palabras textuales de mi diario. Temprano al día siguiente nos ponemos en marcha y partimos hacia Perito Moreno, parada inexcusable para cualquiera que se acerque a este rincón del planeta, sea un mochilero o un turista de alto standing. Este conocidísimo glaciar, que también desciende del Campo de Hielo Patagónico Sur, es algo menos ancho que el Grey, alcanzando en su desembocadura los 3'5 kilómetros entre ambas orillas. Resulta hipnotizante quedarse parado delante de su frente, escuchando los chasquidos sordos del hielo y esperando el desplome de algunas enormes torres. Solamente el hielo que emerge sobre la superficie del agua alcanza los 60 metros de altura. El espectáculo es indescriptible y magnífico.



Nos quedaríamos aquí mirándolo fijamente para siempre, pero nos espera el plato fuerte de esta parte del viaje, al menos par mí: la visita al macizo del Fitz Roy y Cerro Torre. El 13 de febrero un bus nos recoge en el hotel a las 6:30 de la mañana, aún de noche, para llevarnos hasta la pequeña agrupación de casas de El Chalten, nombre en lengua tehuelche del conocido popularmente como monte Fitz Roy, en honor al capitán que comandó el bergantín Beagle en el que un jovencito Charles Darwin realizó sus famosas observaciones que lo volverían famoso. Según bajamos del bus comenzamos a caminar sin perder un minuto rumbo al campamento base Río Blanco del Fitz Roy, a donde llegamos sobre las 16:00 p.m., y en donde nos reencontramos con una pareja estadounidense que conocimos en el Aconcagua. Llevan aquí un mes intentando escalar pero el tiempo no les está dando tregua.



Apenas nos instalamos, salimos pitando hacia el mirador de la Laguna de los Tres, y permanecemos en él mucho rato ensimismados y absortos por lo que tenemos ante nosotros. La grandeza del lugar nos supera. El Fitz Roy y la aguja Poincenot, a su izquierda, son como dos imanes que atrapan las miradas de quien llega hasta aquí. El sol se pone tras ellas creando una atmósfera extraordinariamente bella. 




Yo volveré a subir al día siguiente al amanecer hasta esa misma laguna para empaparme de su presencia. No se puede discutir la espectacularidad del lugar. Hace que uno sea consciente del privilegio que supone formar parte de estos momentos. Estar presente en un escenario así, formar parte de él, no tiene precio.



Tras el desayuno nos vamos paseando hasta la laguna Piedras Blancas y el glaciar que en ella rompía, y que en la actualidad apenas alcanza a tocar el agua, con un retroceso brutal que casi ha interrumpido el contacto del hielo superior con el existente bajo el escalón rocoso, junto a la laguna. Este espectáculo ya no lo podremos ver nunca más, el retroceso del hielo lo ha vuelto imposible. Veo las diapositivas y comprendo con desazón lo que el cambio climático está causando.


Regresamos al campamento y descansamos, mañana nos espera otro día intenso. Por la tarde lloverá de nuevo (¡qué raro!, ¿no?). Y lloverá durante el resto de la noche de manera aún más intensa y no será hasta media mañana cuando el cielo no se tranquilice un poco, que pareciera que está enfadado, el tío. Por fin podemos plegar nuestras cosas y poner rumbo definitivamente al mítico campamento Bridwell casi a la hora de comer, campamento que toma el nombre de otro personaje que es leyenda pura del big wall mundial en los años hippies de Yosemite y Patagonia. Por delante varias horas de pateo maravilloso hasta alcanzar uno de los campamentos base de la montaña, en donde nos instalamos con nuestra tienda de campaña.



Tras este recorrido escribo en mi diario: "Todo lo que estamos viendo es tan impresionante que llega un momento en el que ya no se asimila la belleza". Salimos del campamento después de comer, cuando el cielo parece mejorar. Nos dirigimos casi paseando -cargando solo con las cámaras-, hacia el fondo del valle, con intención de llegar más allá de la laguna. En el último retazo de bosque, junto a la morrena glaciar, encontramos el campamento Maestri donde se rodaron muchas de las escenas de la película Grito de Piedra, dirigida en 1991 por el cineasta Werner Herzog, y en la que estuvo implicado el mismísimo Rehinhold Messner.


Tras las fotos de rigor en este lugar reconocible en muchas de las escenas de la película, continuamos acercándonos hacia la que, para mí, es, sin ningún género de dudas, la montaña más hermosa del planeta. He tenido la fortuna de estar delante del Ama Dablam, del Machapuchare, del Laila Peak, o del propio Fitz Roy, y por supuesto del Cervino, cinco de las cumbres que habitualmente son consideradas por los montañeros como las más bellas del planeta, y tengo que decir que el Cerro Torre en mi opinión está un peldaño por encima. Sea o no la más bella del mundo, lo que es incuestionable es que se hallaría entre ellas. Para mí es un verdadero sueño estar rindiéndole pleitesía observando sus famosos merengues de hielo cimeros. ¡Cuántos libros y artículos habré leído sobre su historia, y cuántos documentales habré visto sobre él! Y lo tenemos ahí delante nuestro, haciéndonos jurar que regresaremos en el futuro alguna otra vez. Me siento realmente afortunado. Hipnotizados permanecemos el resto de la tarde con nuestras miradas recorriendo su pared sur de más de un kilómetro de altura hasta acabar en su hongo cimero. Serán momentos que, inmortalizados en las viejas diapositivas, ya no olvidaremos nunca.




Regresamos al campamento obligados, porque no queremos marchar de este lugar icónico, tan lejano de nuestras casas y a la vez tan legendario. El camino de vuelta por la morrena y sus agujeros será distinto tras haber estado ante aquella aguja de granito perfecto, coronada de un hongo de hielo. Ahora ya podemos volver a España, parece que hemos cumplido con nuestras obligaciones, que hemos hecho nuestros deberes.




Al día siguiente lo primero que haré será levantarme nuevamente antes del amanecer para ponerme delante otra vez del Cerro Torre. Ahora sí tiene una luz guapa. Está espléndido mostrando toda su belleza. Resulta imposible contener la necesidad de inmortalizar el lugar una y otra vez, aunque todas las fotografías sean similares entre sí. Es como un faro que atrae irreversiblemente nuestra atención. 





Pero el camino nos obliga a despedirnos del lugar, muy a nuestro pesar. Del calendario se van cayendo fechas y nosotros tenemos que ir organizando una "prudente retirada". En el horizonte nuestro viaje tiene fecha de caducidad, y esta se va acercando, se va acabando todo. De momento, recogemos sin prisas el campamento, nos despedimos de la pareja americana -que se han trasladado a este otro campamento-, y emprendemos el regreso a El Chalten, primero, y después a Calafate, donde dormiremos la siguiente noche.


El 18 de febrero partimos en una pick-up a las 6:30 a.m. hasta la frontera, donde, tras hacer el papeleo y pasar las aduanas, montamos en una furgoneta chilena rumbo a Puerto Natales, donde pernoctaremos en una modesta y típica casa particular, al igual que hiciéramos anteriormente. En la jornada siguiente llegaremos a Punta Arenas, desde donde aún haremos alguna visita a una pingüinera y gestionaremos nuestro regreso a la capital chilena. Últimos paseos y compras por la Patagonia Austral, alguna llamada telefónica y sentimos que esto se termina. Nos vamos despidiendo poco a poco; y poco a poco nos vamos preparando para el inevitable regreso a las grandes urbes. 









Sin lugar a dudas, mucho habrá cambiado Patagonia en estas tres décadas. No solo desaparecieron (por cuestiones de conservación del entorno) las viejas e históricas cabañas de troncos de madera de los campamentos base del Cerro Torre y Fitz Roy, símbolos de una historia irrepetible del alpinismo mundial de las décadas de los 80 y 90, además de haber retrocedido y disminuido enormemente muchos de los glaciares que nosotros pudimos observar en aquel momento, sino que también habrá cambiado el tipo de turismo y el número de visitantes que se acerquen a estos lugares prístinos. Esto habrá influido inevitablemente en la transformación y modernización de las infraestructuras y poblaciones que acogen esta mayor afluencia turística, pero también habrá condicionado las nuevas regulaciones y prohibiciones que se pueden haber vuelto necesarias para mantener y conservar aquel entorno natural (y a veces también para exprimir el bolsillo de los visitantes, lamentablemente).

La Patagonia que nosotros conocimos seguramente habrá cambiado, porque el paso del tiempo es implacable para todo y para todos; pero con lo que no podrán acabar las veloces manecillas del reloj es con ese espíritu nómada que rebosa el alma de los mochileros en cualquier parte del mundo, que siempre tendrán en aquel rincón del sur americano uno de los territorios más fantásticos que existen para ejercer de vagabundos del planeta, de seres errantes, trotamundos de esta vida. Peregrinos en el camino.