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19 de enero de 2020

La cabra montés de Gredos

La montaña siempre ha sido un lugar que nos evoca la libertad de lo salvaje, de los prístino, de lo inviolado. Un lugar inhóspito en el que el hombre, empequeñecido ante la apabullante belleza del paisaje, ante sus dimensiones y grandiosidad, busca conocer sus propios límites. Es quizás en las montañas donde el hombre ha sentido más la necesidad de comunicarse con la naturaleza y consigo mismo, sacralizándolas en cualquier rincón del planeta. Y no hay un mamífero que simbolice mejor esta majestuosidad de las grandes altitudes que la cabra montés (Capra pyrenaica sp). El macho de esta especie es un animal imponente que desde siempre ha llamado poderosamente la atención del ser humano, bien para aprovechar su carne como sustento, bien para hacerse con el trofeo que supone para los cazadores su cabeza, o bien por el simple y, por el contrario, mucho más sensible placer de disfrutar de esa estampa noble y poderosa, sin dañarla, solo por admirarla.

Observar estos titanes en el Alto Gredos supone una suerte y un privilegio que estuvimos a punto de perder para siempre cuando hace un siglo estuvo al borde mismo de la extinción como consecuencia de la persecución humana. Conozcamos, pues, un poco mejor a esta especie que, sin guardar rencor alguno para con nosotros, facilita en la actualidad una relación próxima con el ser humano, con ese mismo ser egoísta que hace no tantas décadas lo arrastró a aquella situación tan extremadamente crítica.


LA APARICIÓN DE LA ESPECIE
Según una primera hipótesis basada en los estudios morfológicos de los fósiles recuperados, la cabra montés (Capra pyrenaica) habría evolucionado durante la segunda mitad del Pleistoceno superior de un antecesor emparentado con Capra caucasica, que habría migrado a la península ibérica 80.000 años atrás de un modo completamente independiente a la migración que hace ahora 300.000 años terminó originando la aparición de su pariente cercano, el íbice alpino.




Una segunda teoría, esta vez basada en estudios genéticos, se inclina por la llegada desde Asia de un predecesor común en una sola oleada migratoria que acabaría derivando en la especiación de las cabras del occidente europeo como resultado de su aislamiento geográfico. Por una parte, esto estaría apoyado en el hecho de que algunos estudios moleculares parecen indicar que Capra pyrenaica pyrenaica -el bucardo recién extinto- podría tener la misma distancia genética con respecto de C. p. victoriae y C. p. hispanica que respecto de Capra ibex, lo que resulta especialmente interesante. Pero por otra, estos estudios moleculares están realizados sobre poblaciones que han sufrido importantes cuellos de botella genéticos (tanto la cabra montés como el íbice alpino) por lo que muchos científicos desconfían de la fiabilidad de los resultados obtenidos. De hecho, la variabilidad genética, ya baja de por sí en los mamíferos, en el género Capra lo es muy particularmente. 


Sea como fuere la historia evolutiva de estas especies, lo cierto es que, junto a los fósiles antiguos que atestiguan la presencia de la cabra montés en el solar peninsular, podemos encontrar en algunos abrigos fechados en el Calcolítico y la Edad del Bronce diversas pinturas esquemáticas con figuras zoomorfas que representan escenas de cabras monteses. Estas obras artísticas pueden tener entre 3.000 y 7.000 años de anitguedad y, sin lugar a dudas, vienen a demostrar que la especie debió representar un importante aporte proteico a los grupos humanos que poblaban la península ibérica en aquellos tiempos. Como prueba de ello vemos algunas de las imágenes de pinturas rupestres que se pueden observar en diversos abrigos prehistóricos del valle de Las Batuecas (sierra de Francia, Salamanca) que muestran lo que los estudiosos han identificado como cabras monteses.





Esta especie, tras muchos años de ausencia de la citada sierra como resultado de la persecución directa a la que el hombre la sometió, hoy vuelve a campear por sus laderas desde mediados de los años 70 gracias a las repoblaciones que se llevaron a término con ejemplares traídos de la cercana sierra de Gredos.

SISTEMÁTICA DE LA CABRA MONTÉS DE GREDOS
Como ya estamos intuyendo, la cabra montés (Capra pyrenaica) es uno de los ungulados más distintivos de algunas de las montañas que se elevan en la península ibérica.

Junto con especies pertenecientes a otros géneros como el de los rebecos (Rupicapra), el del muflón (Ovis) o el del introducido arruí (Ammontragus) forman parte de la subfamilia Caprinea, y encarna al miembro del género Capra mejor conocido por todos nosotros -junto con el íbice alpino- tanto por su proximidad geográfica como por el llamativo desarrollo de la cornamenta que ostentan los machos, lo que los ha vuelto especialmente emblemáticos. En las tres imágenes siguientes podemos ver algunos machos de íbice alpino de diferentes edades, aunque ninguno de ellos con un desarrollo completo de la cornamenta y presentando el pelaje típico del período estival. Las similitudes morfológicas con nuestra cabra montés son evidentes.




Todas las especies del género Capra pueden cruzarse entre sí como consecuencia de tener una misma dotación cromosómica, lo que ha provocado una gran controversia a lo largo de los años sobre la clasificación más correcta para diferenciar fielmente las especies y subespecies existentes. En la actualidad la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) reconoce la existencia de cinco especies concretas dentro de este género: Capra Aegagrus, Capra Cylindricornis, Capra Falconeri, Capra ibex y Capra pyrenaica.

Siguiendo con la clasificación admitida en estos momentos la cabra montés de Gredos (Capra p. victoriae) se clasifica de la siguiente manera:

     Orden:                      Artiodactila.
      Suborden:               Ruminantia
       Infraorden:             Pecora
        Superfamilia:         Bovoidea
         Familia:                Bovidae
          Subfamilia:          Caprinea
           Tribu:                  Caprinii
            Género:             Capra
             Especie:           Capra pyrenaica
              Subespecies:   C. p. pyrenaica (extinta)
                                      C. P. lusitanica (extinta)
                                      C. p. hispanica
                                      C. p. victoriae


Tradicionalmente en la península ibérica se ha venido considerando la existencia de cuatro subespecies distintas -dos de ellas extintas en la actualidad-, como veíamos en el esquema superior. La clasificación realizada por el zoólogo Ángel Cabrera a principios del siglo pasado las diferenciaba así: Capra pyrenaica pyrenaica, conocida como bucardo, que en aquel momento ya ocupaba solamente unos pocos valles y laderas del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, y que como todos sabemos se extinguió dramáticamente en 2000; Capra pyrenaica lusitánica, extinta en 1890, y que habría habitado algunas sierras del norte de Portugal y sur de Galicia; Capra pyrenaica victoriae, que estuvo al borde de la extinción a comienzos del siglo XX cuando el propio Cabrera estimaba que la subespecie contaba únicamente con un macho viejo, siete hembras y tres o cuatro cabritillos en la sierra de Gredos (el apellido "victoriae" se lo puso en honor a la reina consorte Victoria Eugenia, en reconocimiento a la labor de protección de la especie que ejerció el monarca Alfonso XIII); y por último la subespecie Capra pyrenaica hispánica, que mantiene una distribución peninsular más amplia, ocupando numerosas zonas montañosas del arco mediterráneo, y que cuenta con el mayor número de ejemplares.

No obstante, hay que tener claro que aunque esta clasificación ha sido utilizada de forma generalizada desde entonces, no todos los científicos han estado de acuerdo con ella y ya en la segunda mitad del siglo pasado algunos autores apuntaban que estos taxones constituían simplemente variaciones locales de una misma especie, y no subespecies diferenciadas. Estas dudas derivan en gran medida del hecho de que dicha clasificación está exclusivamente basada en caracteres morfológicos -básicamente en pequeñas diferencias en el color del pelaje y en la forma de la cornamenta-, lo que resulta excesivamente "sutil" y muy poco fiable en la actualidad para un gran número de expertos. Parece, pues, hacerse necesaria una revisión taxonómica moderna que aproveche los avances genéticos actuales para clarificar esta cuestión tan relevante.



POBLACIÓN ACTUAL Y ALGUNOS HECHOS HISTÓRICOS
Poco podemos decir sobre la población de esta subespecie que no sepamos la mayoría. Sus números no han parado de crecer en las últimas décadas como resultado de las diversas repoblaciones que, de la mano del hombre, se han venido acometiendo en nuevas áreas montañosas, todas ellas dirigidas a su posterior explotación cinegética. Esto que a priori puede parecer positivo, también puede llegar a plantear serios retos de conservación si la gestión de la especie no es la adecuada, lo que viene a incluir a unos actores añadidos a conservar y proteger: sus principales depredadores como elementos de control poblacional. Esto tiene que ser así debido a la desproporcionada presión que pueden llegar a ejercer estos ungulados sobre la cubierta vegetal. Buen ejemplo de esto que decimos lo encontramos en el diferente estado de conservación de la flora que ocupan dos sierras limítrofes -las de Gredos y Béjar- dependiendo de que cuente o no con poblaciones de este ungulado; así, las comunidades botánicas en general, y los endemismos en particular, están mejor conservados en la segunda de ellas, en donde no encontramos poblaciones de cabra montés. Es por ello que resultan cuanto menos paradójicas, sino irresponsables, algunas situaciones tan chocantes como que se persiga a muerte a su principal controlador natural -el lobo- allí donde coexisten ambas especies, al mismo tiempo que se hace necesario el descaste de ejemplares en otras poblaciones que llegan a veces a duplicar el número de individuos recomendables. Hay que permitir que el ecosistema se autoregule con la coexistencia de ambas especies, depredador y presa se necesitan mutuamente para recuperar el equilibrio ecológico perdido. Ello redundará en beneficio de todos, incluida la especie presa, en este caso la cabra, como así se puede asegurar gracias a diversos estudios científicos que lo demuestran.

La población de Gredos, que en la primera década del siglo pasado estaba casi virtualmente extinta con tan solo 11 o 12 ejemplares, pasó a tener en 1914 según el mismo Cabrera un tranquilizador número de unos 500 individuos. Esto se debió a un hecho tan crucial como coyuntural: la iniciativa de don Manuel de Amenzúa y de don Pedro Pidal, Marqués de Villaviciosa (conocido por ser el impulsor de la declaración del primer parque nacional de España, el de Picos de Europa -en su momento llamado P. N. de la Montaña de Covadonga-, además de ser el primer hombre en escalar el Naranjo de Bulnes guiado por Gregorio Pérez, El Cainejo), de conservar la sierra de Gredos mediante la declaración por parte de Alfonso XIII en 1905 del Coto Real de Gredos, con el fin de proteger a la especie con los mismos fines cinegéticos de siempre.

Mucho han cambiado las cosas desde entonces, algunas para mejor, como parece querer empecinarse en demostrar el conocido como Refugio del Rey, en Navasomera. Hoy, derruido por el paso del tiempo como mudo testigo del pasado, simboliza la vieja afición que siempre ha caracterizado al ser humano de segar la vida a otros seres vivos por diversión. Allí donde antaño la realeza pernoctaba rodeada de su cohorte de nobles, guardas y guías locales en sus correrías venatorias a caballo en pos de cabezas de machos monteses como trofeos, hoy descansan las mismas cabras como reclamando no solo su espacio, sino también su derecho a vivir sin ser perseguidas por el simple y mezquino entretenimiento de darles muerte por diversión, ni por la repulsiva y nauseabunda costumbre de cortar y colgar cabezas de animales de las paredes.



Con la II República, la Guerra Civil española y los difíciles años de la postguerra, la población de cabras volvió a ser puesta contra las cuerdas por el furtivismo, al tiempo que la reclamación de sus derechos por parte de los propietarios de los terrenos, pusieron en peligro la continuidad del propio Coto Real. Este acabó siendo transformado en Coto Nacional de Caza gracias a la iniciativa de otro marqués, el de Valdueza, y a Luis Antonio Bolín, por aquel entonces Director General de Turismo de la dictadura (algunos de vosotros lo conoceréis por el laboratorio que lleva su nombre en la Reserva Biológica de Doñana -habitualmente conocida como Estación Biológica de Doñana-, dentro del propio Parque Nacional: el emblemático Laboratorio Luis Bolín, lo que pudiera dar a entender que este personaje o era un gran científico o un prohombre conservacionista, lo que no puede quedar más lejos de la cruda realidad, ya que se trataba de un mero miembro del Régimen, artífice para más señas de ese modelo de desarrollo urbanístico y turístico basado en el cemento y el hormigón en primera línea de playa que tan lamentables consecuencias ha traído para nuestra costa mediterránea en la segunda mitad del siglo pasado).

Pero volviendo a la cuestión que nos atañe en este epígrafe, el de su población, en 1961 el número de cabras monteses que campeaba por el Sistema Central alcanzaba ya los 2.500 individuos y en 1970 los 3.500. A comienzos de siglo se calculaba una cifra de aproximadamente 8.000 cabras solo en Gredos, habiéndose repoblado con ellas sierras como las de Francia (Salamanca), Montes del Invernadero (Orense), Riaño (León), La Pedriza (Madrid), Ancares (Lugo-León), Pirineos franceses, ...

RASGOS ANATÓMICOS DE Capra pyrenaica victoriae
Se trata de un ungulado de montaña perfectamente adaptado a la vida en la altas cumbres, siendo común verlo en esta sierra entre los 1500 y los 2200 metros, aunque no es tampoco extraño encontrar ejemplares a cotas inferiores o superiores. Como especie alpina que es, debe negociar continuamente con dos dificultades intrínsecas del hábitat donde vive: el escarpado terreno propio de la montaña y la dura climatología de estas regiones altas.

Respecto del terreno en el que se mueve la especie, y a pesar de su corpulencia, resulta sorprendentemente ágil en sus desplazamientos por los roquedos, desenvolviéndose con soltura en precipicios y paredes, en los que busca protección cuando se siente amenazado. Sus pezuñas son el mejor calzado para moverse por terrenos muy verticales con la seguridad necesaria ante cualquier caída, siendo algo tan obvio su capacidad de moverse por estos terrenos que no se hace necesario hacer demasiado hincapié en este aspecto, con todo lo espectacular que pueda resultar verlos en terreno vertical. 






Otro tanto sucede con su increíble capacidad de resistir las más duras condiciones climatológicas que  estos hábitats les pueden ofrecer. Realmente es un prodigio de la naturaleza su magnífica capacidad de adaptación a un entorno tan inhóspito, lo que le permite soportar las más adversas de las meteorologías invernales, típicas de estos ecosistemas alpinos, con mortales ventiscas de viento y nieve que azotan la alta montaña a veces durante días, y con gélidas temperaturas que dejan a menudo el termómetro muy por debajo de los cero grados centígrados. Bajo estas líneas un macho campea estoico, sin prisa, bajo una pertinaz lluvia otoñal, anunciando la proximidad de la época de celo.


No es extraño observarlos en lo más crudo del invierno desplazándose con tranquilidad entre resaltes y llambrias heladas, o alimentándose en medio de un vendaval de viento y nieve como si con ellos no fuera la cosa. Estos meses invernales con sus temporales de frió y nieve son, no obstante, una correosa prueba para los ejemplares enfermos o más extenuados y en malas condiciones físicas. Parásitos u otras circunstancias pueden debilitarlos y hacer que acaben sucumbiendo a la estación. El invierno acaba representando para toda la fauna en general, pero para la que habita en ecosistemas de alta montaña muy en particular, un momento crucial del año de cara a su supervivencia.




De constitución robusta y fuerte, de tamaño medio y con un gran dimorfismo sexual, oscilan generalmente entre los 30 y los 40 o 45 kg de peso medio en el caso de las hembras, y entre los 55 y 90 kg en el caso de los machos, aunque hay algunos que llegan a superar los 100 kg, y a veces incluso ampliamente. Como en el resto de especies de bóvidos, ambos sexos presentan cuernos que no se desprenden, pero con una gran diferencia de tamaño entre los que ostentan los machos y los que coronan las hembras. Estas son notablemente más ligeras que aquellos, de color marrón a lo largo del todo el año y con unas franjas verticales de color negro en la parte delantera de sus patas. Sus cuernos lucen relativamente pequeños y finos, alcanzando raramente los 30 cm. Debajo podemos ver una hembra con el corto pelaje estival, mientras que en la siguiente imagen observamos con detalle un cráneo rematado por cuernos de 28 cm, que corresponde a una vieja hembra de unos 18 años de edad.


Desde lejos puede ser difícil distinguir a un macho muy joven de una hembra adulta ya que sus cuernos pueden tener la misma o similar longitud y el color del pelaje ser idéntico; esto nos obliga a fijarnos en la anchura de la base de sus cuernos, ya que es mayor en el caso del macho adolescente que en el de las hembras. El ejemplar de la siguiente toma es un macho joven de 4 años, y se le aprecia perfectamente esa base amplia y fuerte en el arranque de las fundas del cuerno, y presenta una longitud que ya supera a la de la mayoría de las hembras.




Vemos a continuación sendas fotografías de dos hembras adultas en las que podemos observar el cuerpo completamente desarrollado y los cuernos finos.



Mientras que en el siguiente ejemplar -un macho de corta edad, de unos 2 años- podemos ver que muestra aún un cuerpo compacto bastante diferente al de las hembras adultas, mucho más rechoncho y menos esbelto que el de ellas, casi aún de chivo, todavía en pleno desarrollo, y unos cuernos, sin embargo, de una longitud ya similar al de muchas hembras y de una cierta anchura.


Sin duda todas estas diferencias se aprecian mucho mejor cuando tenemos la oportunidad de ver juntos a ejemplares de ambos sexos y diferentes edades. A continuación vemos dos claros ejemplos en los que sendos machos jóvenes, también de unos 2 años, posan al lado de hembras adultas, lo que nos permitirá distinguir el tamaño de sus cuerpos -aun sin desarrollar en los machos jóvenes-, y especialmente las comparativas de sus respectivas cornamentas. 



Los machos adultos, sin embargo, son notablemente más grandes y pesados que las hembras, con una pequeña barba a modo de perilla en los ejemplares adultos, y con unos cuernos que llegan a acercarse al metro de longitud en las cornamentas más desarrolladas. En Gredos lo normal es que sus cuernos tengan la típica forma de "lira", con dos cambios de dirección en la curvatura. Por desgracia para ellos son muy apreciados como trofeo por los cazadores.



El color de su pelaje va variando en función de la edad del animal, por un lado, y de la época del año, por otro. De jóvenes es similar al de las hembras, como ya hemos indicado, de color marrón más o menos claro, y presentando las típicas manchas negras sobre las extremidades, que se irán extendiendo por los flancos con el paso de los años, alcanzando hasta la cruz y la parte superior de la espalda en los ejemplares de mayor edad.


Entre tanto, los machos adultos más viejos, y en especial a partir de la época de celo, presentan un pelaje mucho más oscuro, predominando el color negro. Este a veces llega a cubrir casi por completo el cuerpo del animal durante los meses invernales, perdiendo completamente los tonos marrones de flancos y cuello que vemos en ejemplares de edades intermedias, y que acaba finalmente sustituido por un color gris canoso. La superficie que ocupa este pelo gris canoso se va reduciendo con la edad hasta casi desaparecer en favor del negro, que por el contrario se termina extendiéndose por casi todo su cuerpo, como si de un toro de lidia se tratara en los ejemplares más viejos, lo que se puede observar en alguna imagen de esta entrada.


Lo dicho más arriba es el patrón que por lo general lucen la inmensa mayoría de las cabras monteses en Gredos. Pero no siempre es así, siendo posible encontrar muy puntualmente machos adultos durante el invierno con el pelaje completamente marrón, en vez de negro o marrón y negro, así como diferencias en la forma de los cuernos, que pueden llegar a tener forma "acarnerada". En las imágenes de debajo tenemos dos machos muy diferentes entre sí fotografiados en la misma jornada de primeros de noviembre de 2015. En la primera fotografía observamos a un ejemplar estirándose con la habitual capa de color negro, clásica en C. p. victoriae durante el invierno; y en las dos tomas siguientes controlamos a un segundo animal de un uniforme color marrón (obsérvese la gran perilla que cuelga del mentón de este segundo ejemplar).

Como ya hemos explicado más arriba, estas diferencias en el color del pelaje que se pueden observar entre ejemplares de distintas edades pueden ayudar a establecer de un modo aproximado la edad de los machos; pero también hay que tener en cuenta que existen variaciones estacionales en su pelaje, siendo distinto el color de la capa que lucen en verano respecto del que exhiben en invierno. En las dos fotografías de debajo podemos apreciar la diferencia de capas de dos animales adultos de edades parecidas (algo mayor el segundo), la primera de ellas tomada en verano y la otra obtenida en invierno.






Sobre el terreno existen dos criterios útiles para aproximarnos a la edad de los distintos individuos. El primero de ellos es el desarrollo de los cuernos y las marcas anuales diferenciadas a través de los medrones -algo en ocasiones bastante complicado de distinguir en el caso de las hembras, incluso para un experto-.


El segundo es la extensión del pelaje de color negro en el caso de los machos. Según algunos autores la edad máxima de las hembras oscila entre los 19 y 22 años mientras que en los machos ronda los 14. Hay diversas teorías para explicar esta gran diferencia, pero la combinación de varios factores puede ser determinante, entre ellos el diferente desgaste que sufren unos y otras en su comportamiento sexual y reproductivo. De la misma manera se apunta que las poblaciones que han tenido una mejor alimentación a lo largo de su vida paradójicamente viven menos años como consecuencia del desgaste que les ha provocado una mayor y más intensa actividad reproductora -derivada precisamente de esa buena alimentación-: chivos más grandes, partos gemelares, más continuos, etc. en las hembras; mayor actividad y derroche energético durante los celos en los machos.

Como en otras especies rumiantes, la dentición de las cabras monteses está compuesta por incisivos, premolares y molares solamente: no disponen de caninos, por lo que se las denomina incompletas. Además, no tienen incisivos en el maxilar superior, disponiendo en su lugar de una protuberancia dura denominada "almohadilla dental" o "rodete dentario" que se aprecia fácilmente en la imagen que sigue a este párrafo. En ovejas y cabras domésticas, los incisivos de la mandíbula inferior son usados para determinar de manera aproximada la edad del animal. A diferencia de las vacas que utilizan principalmente la lengua para sujetar y arrancar la hierba, en la boca de las cabras tienen una especial importancia sus labios, pues representan la herramienta perfecta con la que agarrar la vegetación en el momento previo a cortarla (con la ayuda de sus incisivos inferiores y el rodete dentario) y transportarla hasta los molares y premolares, y proceder a su masticación con el típico movimiento lateral de su mandíbula inferior. Sus labios están muy vascularizados y tienen una gran cantidad de terminaciones nerviosas que los vuelven muy sensibles. Constituye, pues, una sofisticada herramienta imprescindible para alimentarse con comodidad.


Otra característica curiosa que llama poderosamente la atención son esos ojos color miel situados lateralmente en la cabeza (como sucede en todos los herbívoros). Esta posición lateral de los ojos les proporciona un ángulo de visión muy amplio -de al menos 270º-, lo que les facilita la localización de cualquier posible peligro. Por el contrario, los depredadores (de pelo o pluma, da igual) tienen por lo general -siempre hay excepciones- sus ojos situados en la parte frontal de la cabeza para poder fijar la atención en la presunta presa y precisar quirúrgicamente distancias, estorbos, objetos o cualquier otra circunstancia que afecte al acto de predación con la mayor precisión posible (tienen una gran profundidad de campo). Para un animal que es presa de los depredadores, lo fundamental será detectar la presencia de los mismos, por lo que ese mayor ángulo de visión supone una enorme ventaja para hacerlo. Le va la vida en ello.


Además de todo lo anterior, como podemos comprobar en la imagen superior y en la inmensa mayoría de herbívoros, la cabra montés presenta las pupilas horizontales (al contrario que los depredadores, que las tendrán verticales o redondas, según el caso), lo que facilita ese ángulo de visión junto con la posición lateral en la cabeza. Por si fuera poco todo ello, hacen gala de una adaptación muy curiosa y no menos importante, consistente en rotar unos grados el globo ocular, permitiendo así que la pupila horizontal esté siempre en esta posición, tanto cuando pasta con la cabeza agachada pegada al suelo, como cuando la levantan. Esta característica se denomina ciclovergencia y la podemos comprobar observando los ojos de este animal en diversas imágenes de esta entrada.

Como en todas las especies, en las cabras, dado el gran número de ellas que podemos observar en el campo, es muy probable que encontremos ejemplares con enfermedades, malformaciones o señales externas originales que los diferencien de los demás congéneres. Debajo podemos ver a una hembra con una conspicua mancha blanca en el lado derecho de la cara, un macho con su ojo derecho vaciado, otro con su ojo izquierdo infectado o enfermo rodeado de legañas, y uno más con una catarata también en su ojo izquierdo, u otro con una malformación o tumor en la mandíbula.






La principal causa de mortalidad en la especie viene determinada, sin ningún lugar a dudas, por la caza, tanto legal como furtiva, lo que suele provocar un importante desequilibrio poblacional, al ir dirigida principalmente hacia uno de los sexos -los machos- y a un determinado grupo de edad -los adultos más fuertes y más desarrollados-. Las enfermedades son causa de una mayor mortalidad entre la población infantil, principalmente hasta cumplidos los tres años de edad; a partir de entonces la tasa de mortalidad disminuye hasta que el animal sobrepasa una cierta edad en la que el ratio vuelve a aumentar coincidiendo con su vejez. La población de Gredos en líneas generales es una población sana, que hasta ahora no se ha visto afectada por epidemias como la de la sarna sarcóptica que la hayan afectado y hasta diezmado, como sí ha ocurrido en otras poblaciones de este u otros ungulados ibéricos. Muertes naturales por otros motivos, como avalanchas o despeñamiento, son simplemente insignificantes, toda vez que las primeras en Gredos son casi inexistentes y los segundos son extremadamente raros en un animal tan bien adaptado a la vida en el vacío. Entre los depredadores, zorros y águilas reales pueden ocasionalmente predar sobre chivos, pero su incidencia no es significativa como consecuencia de la estrecha vigilancia que dispensan las madres a sus crías. Sin embargo, el desembarco del lobo en la sierra de Gredos en los últimos años pondrá sobre el tapete por fin un control poblacional efectivo y natural sobre los excedentes de ejemplares enfermos y viejos, tendiendo a mantener un número de ejemplares de cabra montés más racional, acorde con la carga que el ecosistema pueda soportar sin degradarse, y no con los objetivos mercantilistas que a la actividad cinegética le interese alcanzar, mejorando de esta forma la propia población de la especie y equilibrando el conjunto del ecosistema.

El tiempo dirá si, además, la presencia del depredador hará recuperar en la especie su ancestral y lógico comportamiento huidizo frente a posibles amenazas externas -entre las que nos debe incluir-, más propio de un herbívoro que es presa en la pirámide trófica, y que en las últimas décadas se volvió confiado hasta extremos completamente antinaturales, no huyendo del hombre e incluso acercándose a nosotros en busca de comida.

HÁBITAT Y ALIMENTACIÓN
La sierra de Gredos está conformada por una alineación montañosa granítica de grandes bloques elevados (horst) y divididos a su vez por grandes fracturas (graven) que los separan. Además es muy marcada la diferencia altitudinal y la pendiente entre la vertiente sur, mucho más acusada y de mayor desnivel (más de 2000 m), y la norte, bastante más suave, acogedora y con menor gradiente altitudinal (unos 1200 m). Su altura sobrepasa en numerosos puntos los 2200 m, alcanzando la mayor altura en la cumbre del pico Almanzor con 2592 m.

Debajo tres ejemplos de los fuertes desniveles de la vertiente meridional: una visión casi aérea de Los Galayos, desde la cima de La Mira, y dos imágenes invernales de la parte superior de la solitaria Garganta Tejea y del Espaldar de los Galayos.





Y, por el contrario, otros dos ejemplos de la bondad de la fachada septentrional, mucho más suave y con accesos más cómodos, y de menor desnivel: la garganta del Pinar.

Como consecuencia de estas características, presenta distintas comunidades botánicas que se pueden agrupar y estratificar en franjas altitudinales identificadas con los pisos bioclimáticos. Estos pisos o bandas mantienen rasgos comunes en función de factores orográficos, topográficos, litológicos y climáticos derivados de su situación dentro del conjunto de la península ibérica, lo que determina en buena medida las precipitaciones y el clima imperante. Así, por ejemplo, mientras que en la vertiente sur las gargantas suelen permanecer todo el invierno libres de nieve excepto en las cotas más altas (como se observa en las dos imágenes verticales anteriores), en la fachada septentrional la capa de nieve no solo se extiende por una amplia superficie en los valles y laderas, llegando a tapizar las cotas más bajas, sino que, además, puede alcanzar un gran espesor.

Esta estratificación en unidades bioclimáticas es sinónimo de diversidad, y esta será mayor cuanto mayor diferencia altitudinal exista. Roquedos, praderas, turberas de montaña, manchas de matorral, bosques, ríos, lagunas, ... todos ellos hacen que la flora de estas montañas sea verdaderamente variada y rica, existiendo además numerosos endemismos (Reseda gredensis, Biscutella gredensis, Antirrhinum grosii, Centaurea avilae, Saxifraga pentadactylis almanzorii, Santolina oblongifolia, Armeria bigerrensis bigerrensis, Misopates rivas-martinezii, ... y así hasta 14 plantas endémicas de Gredos). Es más, en el presente año, 2019, el catedrático de botánica Modesto Luceño, de una universidad de Sevilla, ha descrito una nueva planta para la ciencia en la fachada meridional de la sierra, a la que ha denominado Linaria vettonica.

Sin embargo, ante la mirada de un profano la sierra de Gredos puede parecer botánicamente pobre, como consecuencia de las enormes superficies ocupadas ininterrumpidamente por piornos serranos (antes Cytisus purgans, luego Cytisus balansae, y en la actualidad Cytisus oromediterraneus), que llegan a pintar gigantescas extensiones de Gredos de un intenso color amarillo durante la floración primaveral y de un, no menos intenso, aroma que envuelve laderas y gargantas. 


Paradójicamente, estas grandes manchas arbustivas han sido históricamente favorecidas por el hombre mediante las periódicas quemas a que ha venido sometiendo al matorral, buscando su eliminación en favor de pastos para el ganado. Estos incendios solo consiguieron eliminar aquellas especies botánicas que no estaban adaptadas al fuego, como el enebro rastrero (Juniperus commnunis), por ejemplo, pero sirvieron de muy poco contra los piornos, que rebrotan sin mayores problemas una y otra vez, e incluso con más fortaleza gracias a la eliminación de la competencia y el rejuvenecimiento de sus cepas, lo que a la larga ha supuesto el efecto contrario al deseado: la ampliación de la superficie ocupada por este arbusto, en vez de su reducción. Sorprendentemente esta práctica tradicional basada en el fuego periódico se sigue utilizando en el Sistema Central en nuestros días, a pesar de que se ha demostrado que provoca el efecto contrario al deseado. En la fotografía de debajo podemos ver una de las escasas manchas de enebros rastreros que podemos encontrar en algunos enclaves de las gargantas septentrionales, mostrando sus formas almohadilladas de verde intenso pegadas al suelo, signo inequívoco de su magnífica adaptación a las duras condiciones climáticas que deben superar durante los inviernos.



De este modo, y como consecuencia de estos usos, la acción antrópica ha homogeneizado finalmente grandes superficies de la sierra, que hoy en día podemos ver casi ininterrumpidamente cubierta de piorno serrano, en ocasiones acompañado de extensiones variables de cambriones (Echinospartum barnadesii). En función de la altitud, la vertiente, la orientación, el tipo de suelo, etc. podemos encontrar una gran variedad de comunidades arbustivas que vienen a enriquecer la flora de Gredos: rosales silvestres (Rosa canina), serbales de cazadores (Sorbus aucuparia), jarales (Cistus ladanifer), madroños (Arbustus unedo), escobas (Cytisus multiflorus y Cytisus striatus), brezos (Erica umbellata y Erica australis), etc.

Aprovechando los numerosos arroyos, vaguadas y gargantas que recorren los dos flancos de la sierra, aunque principalmente en la vertiente norte, se favorece la existencia de numerosas praderas que siempre han sido aprovechadas por los herbívoros domésticos y silvestres, entre los que se encuentra la propia cabra montés. Estos pastizales en los pisos alpino y subalpino se encuentran formados por el cervuno (Nardus estricta) en pequeñas navas y depresiones húmedas, a menudo escoltando a arroyos y lagunas; y la festuca (Festuca indigesta) que se localiza en suelos más pobres y móviles, de mayor pendiente y expuestos a las inclemencias. La vertiente sur se encuentra, además, cortada a cuchillo por profundas gargantas de difícil acceso, como ya hemos indicado, y donde en las últimas décadas se puede observar un proceso de recuperación de los bosques de robles (Quercus pyrenaica) que otrora las poblaban. Algunos grandes enebrales (Juniperus oxicedrus), encinares (Quercus ilex), y pinares  (Pius pinaster) en la vertiente sur, así como la vegetación asociada a los ríos y principales arroyos -fresnos (Fraxinus angustifolia), alisos (Alnus glutinosa)-, pinares de Pinus sylvestris y pequeñas líneas de abedules (Betula pendula) en la vertiente norte completan las principales especies de arbolado de Gredos.

Visto muy a groso modo el entorno en el que habita, es fácil suponer que la alimentación de Capra pyrenaica victoriae puede abarcar gran parte de las plantas que componen la flora de estas gargantas, máxime cuando se trata de una especie pastadora y ramoneadora. Debajo dos machos pastando y un tercero ramoneando flores de piorno; obsérvese también la diferencia de pelaje invernal de los dos primeros, tomadas un 30 de octubre, y del tercero con el pelaje típico del verano, en una fotografía obtenida otro día 30, pero esta vez de junio.




Casi cualquier cosa puede entrar a formar parte de su dieta, incluidos los líquenes que, correosos, podemos encontrar sobre los granitos desnudos. Debajo una hembra mordisqueando líquenes sobre una roca.


Esta dieta depende a lo largo del año de dos factores concretos: la disponibilidad y la digestibilidad. De esta forma, se puede afirmar que durante la primavera y comienzos del verano, cuando hay más disponibilidad de plantas diversas a su alcance, la digestibilidad es el factor primordial a la hora de seleccionarlas. Por el contrario, durante el invierno el factor pierde cierta relevancia en favor de la simple disponibilidad. Aún así, la población de Gredos es eminentemente pastadora, constituyendo las gramíneas y ciperáceas del orden del 80% de la dieta en primavera-verano, y de casi el 85% en otoño-invierno. El resto de la alimentación lo completan principalmente los arbustos; esto es debido a la abundancia de praderas y la monoespecificidad del matorral. Buena parte de estas plantas las consume a mayores alturas que el ganado doméstico y en careos entre las rocas, por lo que no es relevante el solapamiento trófico con él, ni con otros herbívoros silvestres que en general viven a menor altitud (ciervos y corzos).

En Gredos, al igual que en otras sierras, es habitual que las cabras se acerquen a las carreteras a proveerse de la tan necesaria sal, en este caso esparcida por el hombre para evitar la formación del hielo en su superficie y permitir así la circulación rodada con una cierta seguridad.


COMPORTAMIENTO Y USO DEL ESPACIO
La cabra montés es un animal eminentemente gregario, que en Gredos mantiene casi todo el año grupos separados de hembras por un lado y de machos por otro, lo que no es óbice para que también sea posible observar ejemplares solitarios, tratándose en estos casos generalmente de viejos machos. Las hipótesis para justificar esta segregación de sexos son variadas; algunos autores opinan que tienen lugar para no competir por el alimento dado que las necesidades de hembras y machos son distintas, mientras que otros sugieren que es debido a las distintas necesidades metabólicas de unos y otras. Sea como fuere el motivo que origine este agrupamiento por sexos, el resultado final es que, por regla general, podremos ver a lo largo del año grandes rebaños de hembras con sus crías por un lado, y de machos por otro, como el de la siguiente fotografía en la que vemos machos adultos de varias edades alimentándose a principios de verano, con el clásico pelaje estival.



A continuación otra imagen de un grupo de machos en las semanas previas al comienzo del celo, cuando aún permanecen segregados de los rebaños de hembras y crías.


Rebaños de hembras y machos suelen moverse por áreas diferentes de la sierra, alimentándose los machos a menudo en cotas altitudinales superiores a las usadas por las hembras. Así viven unos y otras la mayor parte del año, hasta que llega el período del celo. Es entonces cuando los rebaños de machos comienzan a disgregarse, compiten entre ellos, marcan jerarquías y se acercan a los de las hembras, que al principio de la temporada no les hacen mucho caso. El tamaño de estos grupos también varia en función de la densidad que la especie presente en la zona, siendo más numerosos cuanto mayor densidad se observe.

Los grupos mantienen una fuerte cohesión cuando se encuentran pastando, con ejemplares adultos vigilantes, a menudo en la periferia. Un simple silbido de alarma y el grupo huye de manera coordinada, como se aprecia en la imagen inferior, en este caso de la presencia de un helicóptero sobrevolando la zona.


Por el contrario, cuando están descansando los grupos se presentan más esparcidos por el terreno, quizás al ser menos detectables por los depredadores que cuando están de pie pastando con la cabeza agachada.

Como otras muchas especies habitantes de los pisos alpinos y subalpinos de las montañas, la cabra montés realiza desplazamientos trasterminantes estacionales, descendiendo a cotas altitudinales inferiores durante los períodos más fríos del año, donde se encuentran más abrigadas de las inclemencias climatológicas y donde encuentran mayor cantidad y variedad de alimentos, regresando de nuevo a lo alto de la montaña transcurridos los meses más fríos para aprovechar los pastos primaverales y las floraciones del verano. Podemos hablar pues, de migraciones estacionales y altitudinales.





Como otros animales, la cabra montés también presenta un patrón de actividad diario con dos picos al amanecer y al atardecer, lo que se hace más evidente durante los días más calurosos del año, cuando permanecen sesteando a la sombra de los rocas durante bastante tiempo. De igual forma, durante los meses de verano los desplazamientos son realizados a menudo durante las noches, mientras que en invierno lo son durante todo el día. Debajo un gran macho descansando a medio día, con la cornamenta apoyada sobre la roca como consecuencia del gran peso que debe soportar.


Y, FINALMENTE, LA REPRODUCCIÓN
Probablemente sea el período del año más atractivo para la observación de esta especie, y por supuesto para su fotografía. Durante varias intensas semanas de finales de otoño y a lo largo de unos 50 días de celo (de media en Gredos) durante los meses de noviembre y diciembre, los machos y las hembras, que hasta ese momento se han mantenido segregados unos de otros, se reúnen en grandes rebaños mixtos e interaccionan entre ellos, mostrando comportamientos verdaderamente interesantes. Este momento representa uno de los mayores espectáculos de la naturaleza ibérica, similar al de la berrea de los ciervos o las migraciones de las grullas.




Se trata de una especie polígama, donde los machos establecen una fuerte jerarquía entre ellos durante el período reproductor, siendo los ejemplares dominantes los que tienen más fácil el acceso a las hembras. Estas jerarquías y el establecimiento de rangos de subordinación se establecen mediante distintos comportamientos en los que los ejemplares miden sus fuerzas y sus posibilidades con respecto del oponente. Esto suele suceder entre los machos adultos al comienzo del celo, en tanto que el resto de jóvenes ya cortejan con insistencia a las hembras, que los rechazan con la misma soltura. Cuando esto sucede las hembras giran la cabeza frente al joven macho en un gesto o amago de cornear que a veces es suficiente para contener al impetuoso animal. A veces las hembras orinan para que el joven macho sepa el estado de estro en el que se encuentra. Debajo dos imágenes en las que la hembra se gira y parece decirle al macho: "che, ni se te ocurra acercarte más, ahí quietecito"




Este gesto de la hembra suele ser suficiente en la mayoría de las ocasiones para que el macho mantenga las distancias, pero si el animal insiste hasta cansar a la hembra esta se revuelve y llega a apartarlo físicamente del lugar con unos ligeros topetazos, lo que tampoco le influirá mucho, pues se irá acto seguido a aburrir a la siguiente hembra que vea cerca con la misma insistencia y pesadez.



Este comportamiento de cortejo en los machos jóvenes es algo fácilmente observable durante el celo: peleas entre ellos, posturas de cortejo, intentos de cópulas etc. En la siguiente imagen un macho adolescente intentando montar a una hembra; los cuernos de ambos son muy similares en longitud, lo que vendría a indicarnos de que se trata de un ejemplar macho de unos 3 años de edad, pero los de él son sensiblemente más gruesos en la base que los de las dos cabras que aparecen en la fotografía, como ya vimos más arriba.




Según algún estudio moderno parece que el desarrollo de las cuernas en los machos mantiene una relación directa con la movilidad de sus espermatozoides, lo que vendría a incentivar una selección preferente por parte de las hembras de aquellos ejemplares con cornamenta de mayor envergadura. A menudo dos, tres o más machos viejos, seguidos a veces de otros más jóvenes a modo de comparsa, caminan parejos retándose entre ellos, dándose empellones con el cuerpo lateralmente, echándose la zancadilla con los cuernos, comiendo a ratos, incluso descansando un tiempo para luego volver a retomar la disputa volviéndose a molestar, y recorriendo ocasionalmente grandes distancias de esta guisa. Cuando esto sucede se debe a que no está claro cuál de ellos es más fuerte o dominante y, no cediendo ninguno, han de medirse hasta dejarlo claro. 

Debajo una fotografía en la que tres machos de porte muy similar caminan empujándose lateralmente, molestándose con los cuernos unos a otros y restregándose entre ellos, lo que se observa muy bien en el último ejemplar, que frota con fuerza su cara y cuello contra la grupa del ejemplar que tiene al lado.



Y si todo ello no sirve para dirimir el estatus de cada uno de los colosos, probablemente acabe la pelea de gallos en un espectacular combate a testarazos. Estas batallas pueden durar desde unos pocos minutos, con tres o cuatro testarazos si la diferencia de fuerzas se manifiesta entre los contendientes, hasta muchas horas si ninguno ellos se rinde ante el adversario, lo que representa en estas ocasiones un dispendio energético verdaderamente descomunal. La primera de las imágenes siguientes pertenece a un combate de más de media hora, y se puede apreciar en los cuernos del ejemplar de la izquierda manchas de sangre procedente de la nariz del oponente.





A veces se puede ver en el campo algún animal con cicatrices en la cara, probablemente causadas durante sus peleas, como el que vemos debajo, cuya cicatriz llega hasta el mismo borde del ojo que pudo, quizás, haber perdido.


Cuando las jerarquías ya están establecidas, los grandes machos comienzan por fin a cortejar a las hembras, lo que puede suceder mediado ya el período reproductor. Las hembras comienzan a estar receptivas. Las pautas del cortejo son siempre las mismas. Los machos levantan la cola difundiendo las feromonas olorosas de su glándula anal, intentando estimular a las hembras. Se sitúan detrás de ellas y estiran el cuello echando la cabeza hacia atrás de modo que los cuernos descienden por debajo de la espalda, al tiempo que mueven y estiran una de las patas delanteras dando pequeños toques con la pezuña. Y, por supuesto, el clásico gesto con la lengua fuera.









En esta etapa del cortejo los machos se orinan a sí mismos con una cierta frecuencia el pecho, patas, cuello y hasta en la misma boca para esparcir mejor su propio aroma corporal, en un gesto que es también observado en otros ungulados como los ciervos.





Una vez las hembras se encuentran receptivas, los machos las cubren. Este período de celo y cortejos se puede extender hasta finales de diciembre, pero para entonces el grueso del mismo ya ha concluido. Obviamente el inicio del período de celo depende en gran medida de las condiciones climáticas de cada año, y no solo del fotoperíodo (es decir de las horas de luz diarias), activándose más rápidamente si el otoño llega pronto con frío, lluvias y nieve, y retrasándose si por el contrario se presenta cálido y seco. 



Finalmente, estos grandes rebaños mixtos se mantendrán así hasta comienzos de enero, cuando poco a poco, con el declinar de la efervescencia reproductiva, volverán a separarse machos y hembras, y reagrupándose de nuevo por sexos. Entrado el mes de febrero aún podemos ver algunos machos acompañando a los rebaños de hembras y crías, pero serán ya cada vez menos.

Cuando llega el momento del parto, lo que tiene lugar tras aproximadamente 155 días de gestación, las hembras se separan del rebaño y se aíslan de las demás cabras en lugares rocosos conocidos como parideras, donde la protección de los depredadores es más sencilla, para dar a luz generalmente un cabritillo, aunque ocasionalmente pueden parir dos. En Gredos este momento se suele sincronizar desde mediados de abril a finales de mayo.


En estos momentos las crías no se separan de sus madres, y son tremendamente vulnerables ante los depredadores. Águilas reales y zorros son dos de los principales peligros que les acechan. Es una época en la que resulta verdaderamente complicado fotografiarlos, pues las madres no permiten la presencia cercana de la gente, huyendo con rapidez.


Aunque esto es variable en cada caso, pasada aproximadamente la primera semana de vida tras el parto, las hembras se vuelven a agrupar formando rebaños familiares, cada una con sus respectivos chivos. En esta época las hembras, muy desconfiadas, dedican mucho tiempo a la vigilancia. Como es de suponer, esta estrecha relación entre madre e hijo se mantiene muy firmemente durante varios meses, siendo especialmente cercana hasta que el cabritillo pasa su primer medio año de vida, momento en el que ya se ha producido el destete. Debajo un chivo ya de buen tamaño mamando a finales de junio.


Transcurridos esta primera etapa de vida y coincidiendo con la llegada del siguiente otoño podemos ver que los chivos continúan acompañando a sus madres durante el nuevo celo, pero con mucha menor dependencia de ella. Está a punto de transcurrir un nuevo ciclo reproductor y los chivos aún tardarán unas semanas en independizarse totalmente de sus madres, pero con el apoyo del rebaño crecerán sin mayores problemas.



Cuando ya han pasado varias semanas de la conclusión del último período de celo de la cabra montés, recapitulo las imágenes que este año he podido obtener de la especie. Sigue habiendo imágenes no conseguidas, pero esos fracasos solo pueden servir de acicate para que regresemos a trastear por la laderas de Gredos. Hasta entonces no dejaremos de visitar la sierra para observar a este espectacular animal, y también, ¿por qué no? para fotografiarlo y documentar cada uno de los detalles de su vida. Conocerlo un poco mejor es disfrutarlo también un poco más intensamente.

NOTA: Todas las imágenes de esta entrada, como de costumbre se presentan en formato original, sin recortes ni reencuadres. Gran parte de ellas ya las conoceréis de las numerosas entradas anteriores que he dedicado a esta especie.