Vivir es un tránsito, un camino en donde todos somos nómadas. Que la travesía merezca la pena, depende de ti.
Mostrando entradas con la etiqueta Gaviota Argentea. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gaviota Argentea. Mostrar todas las entradas

13 de octubre de 2016

Isla de Skomer

Desde que el día trece de julio visitáramos la isla de Handa en el Norte de Escocia, hemos dejado atrás más de setecientas cincuenta millas y ocho días de conducción con dirección Sur. Desde entonces hemos abandonado Escocia, descendido por la costa Oeste de Inglaterra y, finalmente, entrado en Gales. Por el camino, aparte de algunos enclaves culturales que se antojan obligatorios, hemos visitado varios puntos costeros interesantes como Nest Point, Kylerhea (donde se dejaron ver con facilidad algunas nutrias) o South Stack, llegando por fin el veintiuno de julio -muy avanzada ya la temporada reproductora de las aves, por lo tanto- a nuestro último destino fotográfico de importancia: Skomer Island National Nature Reserve.


Para llegar a Martin's Haven -lugar en el que se sitúa el embarcadero desde el que parten los pequeños botes que hacen el trayecto hasta la isla- la última población que encontraremos será Marloes, al Sureste de la ciudad de Haverfordwest, en la región galesa de Pembrokeshire. LLegaremos a Marloes por la B4327, y una vez aquí deberemos buscar las indicaciones al ya mencionado Martin's Haven. Muy al contrario que en Escocia, donde encontrar lugares para pernoctar con las autocaravanas es relativamente sencillo, en esta zona nos resultó muy complicado localizar uno en el que no se prohibiera expresamente, con los lamentables e injustos carteles de "No Overnight". Al final pudimos hacerlo en un aparcamiento situado a la derecha de la carretera que lleva al faro de St. Ann's Head, como a un kilómetro antes de llegar al mismo.

La Isla de Skomer está gestionada por The Wildlife Trust of South and West Wales. Es famosa porque en ella y junto a la vecina isla de Skokholm se concentran más de la mitad de las parejas nidificantes de pardela pichoneta del mundo (¡¡más de cien mil parejas!!, muchos de cuyos cadáveres devorados aparecen desperdigados por la isla). Además alberga importantes colonias de otras especies de aves marinas, incluidos los más de doce mil ejemplares de frailecillo que año tras año buscan en esta isla el lugar donde sacar adelante a sus polluelos. Skomer cuenta con un albergue en el que por la "módica" cantidad de sesenta libras puedes quedarte a dormir en la isla, con las ventajas fotográficas que ello supone. Los tickets de entrada a la isla y del barco que te lleva hasta ella se pagan por separado: la entrada se compra en la oficina que existe junto al aparcamiento, y los tickets del barco se pagan durante el trayecto, directamente en el mismo bote. Nosotros cuatro (tres adultos y un niño) pagamos en conjunto treinta y cinco libras por los pasajes del barco, otras cuarenta por la estancia en la isla y seis más por el parking en Martin's Haven. Obviamente, cada día en plena temporada, se acercan numerosas personas muy temprano para comprar los tickets que les permitan desembarcar en la isla, ya que existe un número limitado de accesos a la misma. Así pues no conviene despistarse si no nos queremos quedar sin la visita, y estar por allí con tiempo suficiente, muy especialmente si el pronóstico meteorológico es bueno. Una vez en Skomer, la estancia se puede prolongar durante cinco horas aproximadamente.



Los primeros pájaros que nos recibieron al llegar a la isla fueron las gaviotas, con pollos muy crecidos, volando ya bastantes de ellos. En estas fotografías y por orden, una gaviota argéntea (Larus argentatus), una sombría (Larus fuscus) con las patas y el pico manchados de una extraña costra de color oscuro en vez del amarillo típico, y un gavión atlántico (Larus marinus) con el pico bastante más robusto que el del resto de láridos.




Sin embargo, nosotros íbamos a tiro hecho en pos de los frailecillos (Fratercula arctica). Avanzada como estaba en estas fechas la temporada reproductora, ya solo quedaban en la isla aproximadamente un tercio de las parejas nidificantes, o lo que es lo mismo, unas dos mil. Por supuesto, más que suficientes para nosotros. Se podían observar con facilidad grandes extensiones de algunos campos de nidificación vacíos a estas alturas de la temporada, con la hierba pisoteada y salpicados de madrigueras, abandonadas ya hasta la próxima primavera. Intentamos imaginarnos el bullicio que debió albergar estas laderas apenas dos o tres semanas antes. Estoy seguro que no lo conseguimos. La sensación de haber llegado tarde imperaba en el ambiente.



Varios caminos recorren la isla, y voluntarios se distribuyen por ellos para evitar que los turistas causen algún tipo de molestias a las aves. En algunos tramos de los senderos unas cuerdas limitan a los visitantes la posibilidad de traspasar sus límites, ya que hay nidos en su mismo borde. Dicho esto, no es raro que los simpáticos puffins, como los llaman en el Reino Unido, pasen entre las personas de un lado a otro del camino sin el más mínimo reparo. Ellos van a lo suyo y no temen a quien solo va a verlos y hacerles fotos. Al final, como en otras islas, hay puntos concretos donde se concentran las aves y ..., por supuesto, los turistas. Fotografiar fauna en lugares como estos no entraña, pues, ningún mérito; los pájaros están ahí, posando para nosotros. Las fotografías se hacen casi por sí solas.




Una vez llegados a un punto en el que la colonia aún está en plena ebullición reproductiva, nos olvidamos del número de efectivos que hayan podido abandonar Skomer. Las horas se pasan rápidamente buscando encuadres, poses, momentos o acciones concretas, intentando conseguir esa foto que te deje un buen sabor de boca cuando las revisas ya en la furgoneta. El tiempo lo pasamos agachados, tirados por el suelo para buscar un punto de vista bajo, buscando desenfoques y fondos limpios; o yendo de una lado a otro cada vez que aterriza un ejemplar cerca de su madriguera entre las margaritas. Ratos de sol y nublados ayudan a que las imágenes tengan diferentes luces. Las fotos se suceden y los gigas de las tarjetas se llenan. Al final, nos es suficiente un tramo de sendero de no más de cuarenta metros para conseguir un reportaje decente que nos dibuje una sonrisa en la cara.

















El tiempo en Skomer ha pasado volando y las cinco horas se han esfumado como si fueran una sola. Regresamos a "mainland" con un poco de tristeza, pues sabemos que este ha sido el último encuentro cercano con la prodigiosa fauna de estas costas salvajes, con esa naturaleza inhóspita a la vez que tan agradecida, cercana y amable. Y... ¿por qué no? también tan exótica para quien está más habituado a patear bosques y montañas, que acantilados y playas. Poco a poco el viaje fotográfico ha ido avanzando, alcanzando y dejando atrás tanto objetivos como destinos, y así acercándose a su final. Casi cinco semanas que han pasado veloces. Las expectativas se han cumplido ampliamente y regresamos a casa satisfechos y con ganas de volver a dejarnos caer por estos lugares en un futuro próximo. En la mochila nos traemos más de ocho mil kilómetros de camino, decenas de miles de archivos en los discos duros, y no menos recuerdos, sensaciones y vivencias. Regresamos de allí un poco más sabios, y también un poco más humildes ante la educación y respeto británicos frente a lo que les rodea (incluida la naturaleza). Y en las retinas grabados estos paraísos naturales y la fauna que en ellos se concentra. Aquí, en este Cuaderno de un Nómada, solo hemos hablado de unas pocas especies fotografiadas con mejor o peor acierto en ocho espacios naturales concretos, pero hemos disfrutado de muchas más en otros puntos distintos. Focas, nutrias, ardillas, águilas reales y pescadoras, lechuzas comunes y campestres, porrones osculados, cisnes, barnaclas, ánsares, ostreros y un largo etcétera de especies. El Reino Unido es, sin lugar a dudas, un magnífico lugar para realizar un viaje naturalístico, un verdadero "safari fotográfico".

Y está ahí mismo, a la vuelta de casa.

NOTA: en esta entrada las imágenes de fauna están obtenidas con el equipo indicado en post anteriores (500mm, teleconvertidor 1,4x, etc), excepto la primera fotografía del frailecillo que lo está con un gran angular de 24mm. Todas sin recortes ni reencuadres.

2 de septiembre de 2016

Reserva Natural de Fowlsheugh

Continuando nuestro safari fotográfico por tierras del Reino Unido, cruzamos la frontera escocesa y nos dirigimos hacia el Norte bordeando la costa. De camino a los acantilados de Fowlsheugh visitamos otros lugares también muy interesantes desde el punto de vista faunístico y paisajístico, pero que no presentaban condiciones adecuadas para la fotografía de fauna, como por ejemplo los acantilados de St. Abb's Head, al poco de entrar en tierras escocesas. Sea como fuere, el siguiente enclave digno de visitar con nuestros teleobjetivos fue la reserva de la que hablamos aquí, maravillosa, solitaria y llena también de motivos que plasmar en los sensores de nuestras cámaras.


Estuvimos fotografiando en esta extraordinaria colonia los días cinco y seis de julio, pero llegar a Fowlsheugh no nos resultó sencillo a nosotros porque la reserva no se encontraba señalizada y no llevábamos estudiado desde España cuál era su acceso. Sabíamos, no obstante, que estaba al Sur de la ciudad de Stonehaven, en las cercanías del muy turístico castillo de Dunnottar, ubicado sobre acantilados marinos. Allí mismo preguntamos y no nos supieron responder. ¡No conocían la reserva a pesar de no estar a más de tres o cuatro kilómetros de distancia! Sin embargo, desde el mismo Dunnottar Castle, la colonia de aves marinas que se agolpaba en las paredes abarcaba varios kilómetros de costa hacia el Sur. Por fin, de entre el maremagnum de información que portábamos desde casa, dimos con una escueta nota que nos derivaba a Crawton como la última población previa a este espacio natural. Nos dirigimos a ella con grandes dudas, pues se nos antojaba extraño que no hubiera ningún cartel o señalización informativa, ninguna indicación del camino a tomar. De hecho, estábamos retrocediendo por la misma carretera que habíamos usado para llegar al castillo. Nos desviamos hacia Crawton y seguimos una señalización de "carretera cortada" sin pensarlo, hasta que ... ¡voilà! habíamos llegado al minúsculo aparcamiento de la Reserva Natural de Fowlsheugh.



Muere la citada carreterita unos metros antes del mismo pueblo de Crawton, que está constituido por cinco casas dispersas entre los acantilados y las tierras de cultivo. Junto al cartel que nos indica que hemos dado con el lugar, el pequeño parking y otro apartadero previo aptos para una docena de vehículos es todo lo que nos encontraremos allí. No hay nada más. No hay centro de recepción de visitantes, no hay servicios turísticos, ni voluntarios explicando nada a los ornitólogos que hasta allí se acerquen. No hay turismo. ¡Genial! ¡Estamos solos!

La reserva está gestionada por la RSPB (Royal Society for the Protection of Birds) y en ella anidan cada año unas ciento treinta mil aves marinas, principalmente alcas, araos, fulmares  y gaviotas tridáctilas, aunque también algunos frailecillos y otras aves como argénteas, grajillas, etc. A lo largo de un kilómetro y medio un buen sendero nos permite caminar por el borde de los farallones rocosos hasta el extremo Norte de la reserva, en donde se ha construido un observatorio con todas las comodidades. No obstante, no debemos olvidar que la enorme colonia nidificante se alarga mucho más allá de los reducidos límites del propio espacio natural protegido. Junto al pueblo es posible bajar hasta el mar, pues los desniveles rocosos se moderan momentáneamente.











Es cierto que en este lugar no vamos a ver a los grandes y espectaculares alcatraces, y que si vemos frailecillos no va a ser ni en grandes cantidades ni fáciles de fotografiar -de hecho, nosotros no llegamos a verlos, si quiera-, pero el lugar no puede ser más interesante. Nuevamente y al igual que en Bempton Cliffs, poder presenciar el atardecer y el amanecer rodeado de la bulliciosa colonia ya representa un verdadero atractivo. Si además tienes la oportunidad de viajar en caravana o furgoneta y así dormir en el mismo aparcamiento -ya que no hay indicación de prohibición, al respecto- la sensación de comprender el lugar se acrecienta aún más. Compartir con los pájaros el declinar del sol o el comienzo de un nuevo día constituye un verdadero privilegio.

De nuevo el olor a gallinaza y el continuo griterío de las aves envuelve la atmósfera. Nos reencontramos con los ya cotidianos araos comunes (Uria aalge), como siempre apretujados en las cornisas.




En la foto superior se pueden ver dos araos "embridados", con sendas líneas blancas que bordean los ojos y arrancan hacia la nuca. Es una variedad claramente minoritaria, pero más común cuanto más al Norte de su área de distribución.

Junto a los araos comunes volveremos a ver, como no podía ser de otra forma, a las alcas (Alca torda), a las que observaremos muy a menudo emparejadas y haciéndose carantoñas y mimos en algún posadero.




Si en los lugares visitados con anterioridad la suerte con los fulmares (Fulmarus glacialis) a la hora de fotografiarlos se nos mostró esquiva, aquí nos desquitamos a placer haciendo tomas de los ejemplares en sus nidos o en las repisas donde descansaban a distancias relativamente cortas. Al igual que los álcidos, los fulmares tienen por costumbre apoyarse sobre los tarsos en vez de permanecer de pie sobre sus dedos palmeados, por lo que no resulta fácil fotografiarlas "de cuerpo entero".





En cuanto a las gaviotas, dos son las especies más habituales en Fowlsheugh. Por un lado y en un número de ejemplares claramente inferior, la gaviota argéntea (Larus argentatus), siempre atenta a todo lo que la rodea susceptible de ser alimento ...



... y la ya habitual para nosotros gaviota tridáctila (Rissa tridactyla), ocupando pequeñas repisas donde podemos observar a sus polluelos.





NOTA: Como he venido haciendo en las anteriores entradas y como iré explicando también en las siguientes, todas estas imágenes están editadas con el formato de la cámara, sin recorte ni reencuadre alguno, con un teleobjetivo de quinientos milímetros, ocasionalmente con un teleconvertidor de 1,4 aumentos, montado sobre un cuerpo de cámara con factor de multiplicación de 1,6 aumentos. Obviamente, todas las fotos de aves están realizadas en la propia reserva de Fowlsheugh. Espero que así, con esta información añadida, el lector sea capaz de conocer las posibilidades fotográficas del lugar antes incluso de venir.