Vivir es un tránsito, un camino en donde todos somos nómadas. Que la travesía merezca la pena, depende de ti.
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29 de agosto de 2016

Inner Farne (Islas Farne)

Las islas Farne forman un archipiélago de pequeñas islas e islotes situado a escasos kilómetros de la costa inglesa, en el condado de Northumberland frente al pueblo de Seahouses, al norte de Newcastle upon Tyne y no muy lejos de la frontera con Escocia. Están declaradas National Nature Reserve por el altísimo valor faunístico que albergan, especialmente durante la primavera y verano, coincidiendo con la época reproductora de varias especies de aves marinas. Constituyen uno de los destinos ornitológicos más conocidos y visitados del Reino Unido y, sin temor a equivocarnos, podemos decir que es uno de los grandes clásicos. Ello hace que sea también un destino turístico importante, lo que se nota nada más llegar al pueblo pues enseguida veremos que los aparcamientos son de pago en el puerto pesquero y sus alrededores. Puede compensar llegar con tiempo y buscar un hueco para estacionar nuestro vehículo separado del puerto en algún aparcamiento gratuito y acercarnos  caminando, pues las distancias no son largas. Nosotros lo hicimos así, aparcando al NW de la población, en la carretera B1340 paralela a la playa. Como ocurre en multitud de lugares, debido a la existencia de algunos camping en la zona no permiten la pernocta dentro del vehículo.


Desde Seahouses son varias las compañías turísticas que transportan en sus botes varias hornadas diarias de turistas hacinados (unas sesenta y cinco personas por bote, sin posibilidad de moverse por falta de espacio una vez se toma asiento), ansiosos por disfrutar de la vida salvaje que puebla las Farne. Es posible desembarcar en dos de sus islas: la de Inner Farne, que se localiza en el grupo de islotes más próximo a la costa, y la isla de Staple, que se ubica en el grupo exterior, a más distancia de tierra firme y mucho más expuesta a los embates del Mar del Norte. En la primera de ellas, por lo  tanto, suele ser habitual que el mar permita el desembarco, mientras que en la segunda no resulta raro que las condiciones del mar lo impidan. Estas empresas que llevan a los turistas ofrecen varios horarios diarios y disponen de varios tipos de viajes en función de si se quiere desembarcar, circunvalar, etc. Se paga por un lado la entrada a la isla a National Trust, que gestiona su conservación, y por otro el traslado en barco a la compañía que hayamos escogido. En nuestro caso, el día tres de julio compramos un ticket familiar que nos permitía desembarcar en Inner Farne, con un precio para los cuatro de cincuenta libras el barco y veinte el ingreso en la isla. Esta opción posibilita conocer la isla en dos horas y media o tres, circunvalándola y descendiendo en ella por un período de tiempo de una hora. Afortunadamente, cuentan con que alguna gente desea y/o necesita más tiempo y, tras solicitarlo a nuestra llegada a la isla, a nosotros nos permitieron permanecer dos horas y media en vez de una, lo mismo que a algunos otros fotógrafos y naturalistas. ¡Y menos mal, pues los dos chaparrones que nos cayeron mientras la visitamos nos hicieron perder bastante tiempo del trabajo fotográfico! En cualquier caso, como recomendación necesaria, hay que decir que conviene subir al barco preparados para las salpicaduras de las olas, e incluso observar previamente qué dirección tiene el viento para sentarnos a sotavento en el bote y así estar un poco más protegidos contra los chapuzones de agua.



Obviamente a nosotros el tiempo de permanencia en la isla nos pareció muy escaso -aún contando con las dos horas y media que nos permitieron permanecer en ella- ya que impide recorrer despacio sus senderos, disfrutando de la vida salvaje que bulle por todas partes y hacer un reportaje fotográfico decente de la mayoría de las especies que la pueblan en tan poco tiempo. Además de esta cuestión, hay un lugar clave, perimetrado con cuerdas como se puede ver en la foto superior (tomada, todo hay que decirlo, por mi hijo Pablo en un momento en el que el lugar se quedó medio vacío), donde hubo momentos en el que nos agolpamos un gran número de fotógrafos con nuestros teles, trípodes, mochilas y ansias de captar la mejor foto, llegando a ser un poco agobiante por el excesivo número de personas que allí nos apretujábamos y porque veíamos que el tiempo transcurría inexorablemente y se hacía imposible estar más detenidamente en cada localización. En definitiva, demasiada gente y escaso tiempo de estancia. Pero en fin, es lo que hay y, a fuerza de ser sincero, he de decir que el lugar lo merece. Regresas de él con la satisfacción de haber pisado un lugar fabuloso que te habrá deparado una experiencia imborrable y dibujado una sonrisa en la boca que tardará en desaparacer.

Pero vayamos a lo que nos importa, las aves.

La especie estrella en Inner Farne es, por supuesto, el frailecillo atlántico (Fratercula arctica). Durante el período reproductor del año dos mil tres se dieron aquí cita más de cincuenta y cinco mil parejas de estas simpáticas aves de extraño pico, a menudo cargado de lanzones, esos pececillos alargados con los que alimentan a su descendencia y que aquí pescan a unos treinta kilómetros de distancia, mar adentro, y a unos cinco metros de profundidad bajo la superficie. Sin embargo, en dos mil ocho, su población se había reducido en un alarmante treinta por ciento, quizás debido a la disminución de alimento como consecuencia del aumento de la temperatura de las corrientes marinas y de unas condiciones climatológicas especialmente adversas durante el período de cría. En la actualidad parece haber remontado algo el número, de nuevo, pero ello no debe hacernos bajar la guardia y realizar censos periódicos se antoja imprescindible para no encontrarnos con sorpresas desagradables en el futuro. Estimar la tendencia poblacional resulta, pues, imprescindible.







Junto a los frailecillos las otras aves que más reclaman la atención de los visitantes son, por varios motivos, los charranes, de los que se pueden observar cuatro especies distintas. Y digo por varios motivos porque anidan junto al mismo camino por el que los turistas tenemos que pasar andando, y porque son tremendamente beligerantes con quien ose molestar a su nidada, lo que resulta finalmente en continuos ataques, pasadas sobre las cabezas de las personas y más de un picotazo. No tienen miedo a la gente y no dudan en atacarnos, por lo que no en vano se recomienda encarecidamente a todo el mundo que se ponga un gorro sobre la cabeza. No obstante, a veces se tranquilizan un poco y llegan a posarse sobre la cabeza de algún afortunado que en seguida pide que alguien le haga alguna foto para recordar tan memorable experiencia. La algarabía que existe en las colonias de cría es tremenda. En Inner Farne el charrán más abundante es el ártico (Sterna paradisaea) que podemos ver en las tres fotos siguientes, horizontales, con más de dos mil cuatrocientas parejas en dos mil cinco, y el menos visible charrán común (Sterna hirundo) que vemos en la cuarta foto, vertical, con unas ciento cincuenta parejas ese mismo año.





Como ya se veía en la imagen de Pablo tomada con el gran angular, en las rocas se asienta una numerosa colonia de cormorán moñudo (Phalacrocorax aristotelis) que no presentan tampoco ningún temor de los que allí nos arrimamos con las cámaras haciéndoles fotos a muy poca distancia, lo que supone para nosotros un aliciente más tan acostumbrados como estamos a ver a su pariente más grande y también mucho más huidizo que estos. Varios cientos de parejas se reproducía en las Farne hace uno pocos años, lo que no está nada mal.





Además de estas especies podemos ver las habituales en estas costas, como los habituales araos comunes (Uria aalge) que ya disfrutamos en Bempton Cliffs, y de los que ya comenté que nos puede obsequiar con unos retratos de enorme elegancia por sus líneas suaves, equilibradas y esbeltas. Según la luz presente llegan a parecer casi negros por completo, pero en realidad su coloración es claramente parda y marrón.





Obviamente, mezcladas con los araos encontraremos sus consabidas compañeras en las masificadas colonias de nidificación del Mar del Norte, las alcas (Alca torda), igualmente bonitas cuando tenemos la oportunidad de observarlas con el detalle que permite la cercanía, ...


... las gaviotas tridáctilas (Rissa tridactyla), ...




... y la corpulenta argéntea (Larus argentatus).


Pero el viaje a las Farne nos reserva alguna que otra especie más y aunque no sea en las mismas islas, no está de más señalar que podemos igualmente disfrutar de la observación de distintas aves en los alrededores del pueblo desde el que zarpan los barcos. Así pues, paseando con tiempo, sin prisas por el propio puerto de Seahouses, antes o después de recorrer las islas, nos resultará sencillo ampliar nuestro archivo fotografiando varias especies diferentes que se nos pueden poner "a tiro". Buen ejemplo de ello son las gaviotas reidoras (Chroicocephalus ridibundus), las hembras de eider común (Somateria mollissima) y los ejemplares adultos y juveniles de los preciosos estorninos pintos (Sturnus vulgaris) que nosotros pudimos fotografiar.








Sea cual sea nuestro objetivo principal, si pasamos cerca de Seahouses no podemos dejar de visitar las islas Farne. El sabor de boca que nos dejarán será en cualquier caso imperecedero y regresaremos de ellas con el deseo inequívoco de regresar cuanto antes.

NOTA: Al igual que ya comentara en la entrada anterior sobre Bempton Cliffs, todas las fotos que acompañan esta entrada están realizadas en Inner Farne y en el pueblo de Seahouses, siendo todas ellas editadas sin recorte alguno y conservando el encuadre original de la toma. Han sido tomadas con un cuerpo de cámara con factor de multiplicación de 1,6 aumentos y un teleobjetivo de quinientos milímetros, sobre el que a veces he montado un teleconvertidor de 1,4 aumentos. De este modo, ayudarán mejor que mis palabras al lector a conocer lo que el lugar les puede aportar fotográficamente.

17 de agosto de 2016

De safaris fotográficos y otras telas

Los fotógrafos de fauna estamos acostumbrados a buscar fórmulas para sortear el miedo que los animales tienen al hombre y que dificulta, o incluso impide, esa proximidad necesaria para poderlos retratar. Esto se traduce en la necesidad imperiosa de utilizar potentes teleobjetivos, usar sistemas de ocultación como hides y redes de camuflaje, así como multitud de cachibaches y accesorios, además de contar con la herramienta más poderosa e imprescindible de todas: la paciencia.


Salvo un puñado pequeño de especies que se muestran confiadas ante la presencia humana y que hacen las delicias de los fotógrafos de fauna, como las cabras monteses de Gredos o los rebecos y chovas piquigüaldas de Picos, por poner algunos ejemplos de la fauna ibérica, lo cierto es que en nuestra vieja piel de toro nos vemos obligados a perseverar y armarnos de paciencia para poder obtener alguna fotografía de fauna que merezca el calificativo de "correcta", dado que la inmensa mayoría de los animales mantienen distancias de seguridad con respecto de nosotros bastante elevadas. Por desgracia, en ello les va la vida muchas veces. El resto de tomas obtenidas "a salto de mata" no pasarán de ser meros documentos, muchas veces lejanos y casi siempre de mediocre calidad.



Sin embargo, yo creo que en este juego del gato y el ratón está en gran medida la clave para entender el enorme interés que tiene la fotografía de fauna como disciplina altamente especializada dentro de la fotografía general; para comprender por qué engancha tanto a quien la practica. Si fuera sencillo sería aburrido y monótono, ¿no? Además, poder observar de cerca y sin ser vistos a la fauna salvaje manteniendo comportamientos completamente naturales es un sueño para cualquier apasionado de la naturaleza.



No obstante, y como para compensar tanta dificultad, a veces viene bien desempolvar los sueños y dar rienda suelta al dedo que aprieta el disparador de la cámara y dirigir nuestros esfuerzos a ciertas especies que por su falta de temor al hombre las vuelven atractivas y cercanas, incluso osadas. No todo va a ser horas de espera dentro de un reducido hide, pasando calor o frío. Todos hemos deseado alguna vez ir a un safari fotográfico y volver a casa cargados sin demasiada dificultad con Gigas y Gigas de archivos fotográficos de animales exóticos que no huyen de nosotros. Y siempre que usamos esa expresión -safari fotográfico- pensamos en África. Pero ¿por qué? Tenemos otros destinos en los que liberar nuestro hambre de fotografía y nuestra necesidad vital de sentir el esplendor de la fauna salvaje a nuestro alrededor, sin barreras, sin temores, sin huidas precipitadas. Y algunos de esos destinos los tenemos muy próximos a nosotros, aunque nos suene realmente muy extraño usar para ellos la palabra "safari". Pensemos sin prejuicios en lo que significa y vayamos pues de safari fotográfico aquí al lado, a la vuelta de casa.

Este verano, después de varios años acariciando la idea, hemos podido por fin materializar nuestros anhelos un poco nómadas como reza la cabecera de este blog, un poco vagabundos, y hemos pisado algunas de las reservas naturales más emblemáticas del Reino Unido, principalmente en Escocia e Inglaterra, pero también del oeste galés. Y sí, podemos asegurar que ha sido un verdadero safari fotográfico abarrotado de alcatraces, frailecillos, araos, alcas, focas y un sin fin de especies más. Y sí, también los hemos tenido muy cerca, aves confiadas que viven en bulliciosas comunidades que cubren islas o acantilados, que envuelven el lugar con el olor acre de sus excrementos, y que tapizan con ellos de blanco el suelo y a los propios vecinos que vivan por debajo. Y sí, también hemos dado rienda suelta a nuestro deseo de llenar las tarjetas con miles de imágenes sin las complicaciones de la fotografía desde un hide. Las colonias de aves marinas del Mar del Norte y el Océano Atlántico son un verdadero espectáculo de la vida salvaje que nos dejará sin palabras, y quizás también sin Gigas.




En las próximas entradas me voy a desviar un poco de la línea general que tiene Cuaderno de un Nómada y haré pequeños compendios de lo que podemos encontrar en algunas de las principales reservas naturales que nosotros hemos visitado, en aquellas más relevantes desde el punto de vista fotográfico, con la esperanza de que sirvan de ayuda y guía a otros fotógrafos o naturalistas. Ya no tendréis disculpa el próximo verano, reservad un hueco en la segunda quincena de junio o la primera de julio y regalaros un safari fotográfico por algunas de las colonias con mayor número de aves por metro cuadrado que podáis esperar. Son lugares increíbles que no os podéis perder, y están ahí, a la vuelta de la esquina, al ladito mismo de casa.

2 de marzo de 2016

El espejo

La charca era ayer un espejo. A la cita acudieron diversos conocidos del vecindario, desde el minúsculo zampullín chico -al que esta vez sí le pude hacer alguna foto- a la esbelta garceta grande. La tarde tranquila, sosegada, incluso con buena temperatura, fue testigo de los quehaceres cotidianos de los residentes de aquel escondido rincón. Azulones, cercetas, mosquiteros, bisbitas, molineros y algún palustre, entre otros muchos vecinos, me proporcionaron durante bastantes horas entretenimiento con sus idas y venidas; picoteando, comiendo, descansando, reclamando,... El ganado vacuno aún no entra en esta parcela por lo que la hierba crece tierna con un verde intenso. El lejano ronroneo de algún tractor envuelve de cuando en cuando la tarde serena. Y de entre los recuerdos que me traigo para casa cuando declina el sol me quedo con esta imagen sin recorte, del grandullón del barrio (al lado de zampullines y cercetas, es fácil ser grande) navegando sobre el espejo bruñido de aquel remanso apartado, en una escena sutil, liviana, casi etérea, que realza sin contemplaciones la belleza elegante de esta especie, el ánade real o ánade azulón (Anas platyrhinchos), tantas veces desdeñada por su abundancia.


30 de octubre de 2014

En mi ciudad

El inquisitivo visón americano se me acerca al trípode mientras yo me concentro en los azulones (Anas Platyrinchos) que nadan pausadamente con los primeros rayos del sol de la mañana. Se zambulle en el agua de un salto para volver a arrimarse a mí en varias oportunidades más, husmeando, curioso como todos los mustélidos. No le presto ninguna atención ni cuando me olisquea a escasos treinta centímetros de la rodilla, hincada en la tierra para intentar bajar al máximo posible el punto de vista de la cámara.

Estamos a finales de octubre y aún no hace frío. Nos abraza un otoño suave y tibio que invita a pasear al borde de nuestros ríos, teñidos ya de los reflejos dorados de choperas pintadas de amarillo. Los azulones también me observan curiosos de la misma forma que el visón. Están acostumbrados a la presencia de la gente, aquí, a orillas del Tormes, junto a la ciudad del Lazarillo, una burbuja de naturaleza entre puentes, barrios y tráfico. Un corredor de gran biodiversidad pero maltratado por quien debería velar por su conservación. Pienso en los destrozos que se han venido provocando en los últimos meses en las márgenes y pequeñas islas del río a su paso por esta Salamanca que han calificado de "Culta y Limpia" quienes no comprenden que no hay cultura si se vive de espaldas a la naturaleza. Esta culta ciudad ha talado indiscriminadamente árboles grandes y pequeños, y eliminado importantes cantidades de vegetación, desde juncos a zarzales, mimbreros y sauces. El refugio de una gran cantidad de fauna ligada al río ha sido literalmente arrasado sin contemplaciones, dejando sin ningún miramiento expuestas las orillas desnudas al posible ímpetu de las crecidas. Durante semanas y meses las motosierras han acallado el canto de los pájaros y las hogueras no han parado de quemar enormes montones de materia vegetal apilada en hogueras que a veces han tardado varios días en apagarse, destruyendo de un modo sistemático la cubierta vegetal de una parte de las márgenes e islas del río. El sinsentido se ha adueñado de la ciudad una vez más, y en vez de proteger y cuidar esa explosión de naturaleza que el Tormes nos brinda y nos regala, se destruye.

No hemos aprendido nada, seguimos viviendo de espaldas al río.

Pienso en todo esto mientras disparo ráfagas de fotos a los ánades reales que, desde una distancia prudencial, me animan esta bonita mañana de otoño.