Vivir es un tránsito, un camino en donde todos somos nómadas. Que la travesía merezca la pena, depende de ti.
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8 de septiembre de 2014

Las piquigualdas

Regresamos Pablo y yo de darnos una pequeña paliza en busca de algunos rebecos que tengan a bien dejarse hacer alguna foto. Dentro de un rato estaremos en la carretera de regreso a nuestra casa, pero antes de bajar de estas montañas y juntarnos con el resto de la familia que espera abajo en el valle, decidimos probar suerte con las siempre espectaculares chovas piquigualdas (Pyrrhocorax graculus). Para ello nos detenemos en unos prados junto a unos grandes precipicios sobre los que los días anteriores hemos observado que estas aves gustan de jugar con el viento. Vuelan en grupos realizando acrobáticas piruetas, yendo y viniendo, piando, reclamando, posándose cerca de montañeros y turistas, esperando obtener algo a cambio y volviendo a emprender el vuelo para alejarse hasta otro lugar. Se acercan y se alejan, posándose en las praderas alpinas en busca de insectos.

Descargamos, pues, nuestras espaldas del peso de las mochilas y nos sentamos en la hierba al borde del acantilado. Preparamos las cámaras y nos disponemos a esperar. La montaña se presenta increíble, con un espléndido cielo azul. Detrás, moles gigantescas de caliza; delante, el valle aún muy abajo tapizado de hayedos y praderas. En momentos como estos uno comprende por qué regresamos una y otra vez a las alturas. Me dan envidia estas aves alborotadoras, veleras como pocas, habitantes de las montañas más altas de Eurasia, desde China a la Cordillera Cantábrica, y en menor medida también del norte de África. En el Himalaya o Karakorum se las puede observar por encima de los ocho mil metros de altitud, visitando los campamentos de altura de las expediciones alpinísticas, llegando a criar allí en alturas cercanas a los cinco mil metros. Inteligentes como todos los miembros de la familia de los córvidos, repasan los lugares en los que los humanos hemos descansado previamente, batiendo la zona en busca de restos alimenticios. A menudo se posarán en las cumbres cuando nosotros las abandonamos.

A nosotros hoy nos es suficiente una hora de descanso en los prados junto a los cantiles para disfrutar de su presencia antes de iniciar el definitivo regreso al valle y a casa. Unas pocas fotos, unos pocos minutos de despedida en su compañía.






12 de agosto de 2012

Compañeras de ascensiones y descansos

Llegamos a la cima de una torre en Picos de Europa. Nos sentamos fatigados sobre su áspera caliza y descargamos las mochilas para liberar durante un ansiado respiro nuestras espaldas, y ellas ya están allí. Envidio sus equilibrios y sus quiebros. ¡Quién pudiera sentir el vendaval en la cara y regatear su violencia!. Son las chovas piquigualdas (Pyrrhocorax graculus), esas modestas aves del color de la noche, con llamativos picos amarillos como la flor del tojo. Nos rodean y nos observan cuando paramos. Compañeras de ascensiones y descansos, se posan a nuestro lado y esperan a que nos marchemos de sus dominios, para revolotear sobre las migajas que podamos dejar entre las piedras de sus cumbres.