Vivir es un tránsito, un camino en donde todos somos nómadas. Que la travesía merezca la pena, depende de ti.

25 de enero de 2024

Atardeciendo

19:02 - 10/enero/2024
Son exactamente las siete de la tarde y dos minutos, y comienza el final de la jornada para nosotros, el principio del fin de un día más, que ha sido largo y, como siempre, entretenido. Pero no solo para nosotros, para otros muchos bichos también se acerca la conclusión de este impasse diurno. Por el contrario, en estos mismos momentos habrá quienes se estén desperezando para iniciar su jornada nocturna.

Abandono por unos minutos la búsqueda de fauna y el mismo 500 mm con el que espero fotografiarla me permite centrarme en la parte del paisaje que más interés tiene, en el más sugestivo. Me abstraigo de todo lo demás, que ahora mismo me sobra. Una nube lenticular asoma bajo un oscurísimo nubarrón, desplazándose de derecha a izquierda y componiendo para mí esta fotografía. Sin apenas edición, la foto está prácticamente tal cual la captó el sensor. Maravilloso atardecer, sin duda. Promete.


19:05 - 10/enero/2024
Desaparecen las esbeltas nubes lenticulares del cielo y ahora comienzan a arrebujarse nubes llenas de flecos, vaporosas e inquietas, apenas tres minutos más tarde. Como si de una respiración se tratara, el atardecer se relaja en una suave y prolongada expiración antes de coger de nuevo fuerza y llenar los pulmones hasta el último resquicio. Pareciera estar cogiendo aire para la traca final del espectáculo que nos regalará este día.


19:14 - 10/enero/2024
Espectáculo que muta por momentos y que va cambiando ostensiblemente hasta no parecer la misma tarde que la que nos mostraba la primera instantánea, habiendo transcurrido tan solo un intervalo de doce minutos desde entonces. Tras abandonar por unos momentos el espionaje con los prismáticos de la fauna del lugar en busca de tímidos cuadrúpedos, continúo centrado en los paisajes más lejanos a nosotros, dramatizándolos gracias a la larga focal utilizada. El final del día se va volviendo más y más seductor por momentos. Barro con la lente el horizonte, despacio, de un lado a otro, y en el regreso me detengo en el mismo grupo de encinas de la primera fotografía y en la misma alambrada que cercena el trasiego de los mamíferos de mayor porte. Compongo con ellas una vez más, y aprovecho la suave -y para mí, atractiva- pendiente de la ladera que concede algo de dinamismo a la composición.



19:21 - 10/enero/2024
Se suman otros ocho minutos más desde la imagen previa. Seguimos en el mismo lugar observando cómo el crepúsculo va cobrando más y más fuerza e intensidad. Sin llevar otras lentes (un chapuzas, vamos, ¡a quién se le ocurre!), no puedo buscar un encuadre más abierto que el que me proporciona este teleobjetivo, y me tengo que adaptar a su reducido ángulo de visión; con él busco detalles entre las nubes. Finalmente me ha podido la intensidad del color y el contraste con las nubes oscuras y el cielo pálido. Parece mentira que minuto a minuto la tarde se transforme de esta forma tan radical.

19:24 - 10/enero/2024
Pues tan solo otros tres minutos después, y girando ligeramente la dirección de la cámara, me encuentro con esta brutal exhibición que al sensor le cuesta plasmar sin atascarse con el color. El contraste con las áreas oscuras de las nubes es demasiado grande y lo aprovecho haciendo diversas versiones del mismo grupo de nubes. Es literalmente imposible que la plasticidad de este cielo no nos tenga abstraídos en tanto dure este ocaso in crescendo, aunque instintivamente mi cerebro de fotógrafo echa de menos una silueta en el horizonte mucho más sugerente: árboles grandes y separados, una ermita, un picacho, la silueta de una ciervo, un algo que tuviera un cierto poder de atracción; un centro de atención que compensara el peso de ese cielo incendiado. Aún así ... ¿cómo no estar ocupado con semejante lienzo delante?


19:25 - 10/enero/2024
Simplemente un minuto más tarde de la estampa anterior, el sensor guarda para siempre esta otra escena, tan diferente como bella. Basta con desplazar ligeramente un poco la dirección de la toma para cambiar radicalmente de sensaciones, y si la anterior me provocaba un sentimiento de desazón y tragedia, de drama y hostilidad, de una naturaleza dura y áspera, la siguiente, por el contrario, me evoca serenidad y calma, la calma que inexorablemente siempre sigue después de la tempestad. Ahora sí que sí, la silueta de un mamífero en ese hueco en el horizonte hubiera sido la guinda de un pastel que se iba acabando ya. 



19:30 - 10/enero/2024
El ocaso toca a su fin y la toma que sigue servirá para dar cerrojazo a aquel atardecer que nos proporcionó el regalo de una tarde memorable. Las fotografías siempre serán, como siempre, lo de menos, aunque nos sirvan después para rememorar las sensaciones vividas y los sentimientos provocados. Esas emociones que solo la sensibilidad humana nos puede ayudar a percibir en nuestro interior, aunque sean fruto de la belleza de ese maravilloso mundo que nos rodea. ¡Cuán alejado está el ser humano de esa naturaleza de la que, sin embargo, formamos parte! Naturaleza prostituida por el utilitarismo que hacemos de ella, naturaleza degradada por el egoísmo de algunos y, por supuesto, naturaleza olvidada por la insensibilidad de muchos. Así, esa misma valla cinegética que aparece en estas fotos nos baja a la cruda realidad del día a día. Una valla de muerte en medio de esta belleza superior. Una valla mimetizada ya en nuestro subconsciente, como si formara realmente parte de esa naturaleza tan hermosa. Una alambrada cinegética fea y horrible por lo que provoca, formando parte de nuestros campos, como lo forman los árboles y las rocas. Una alambrada sencillamente asquerosa bajo el atardecer más hermoso que se pueda desear.

La cara y la cruz de nuestro mundo actual, bajo un magnífico atardecer.


19 de enero de 2024

Taiga


Si siempre ha habido para mí un lugar en el planeta mitificado desde crío, ese lo constituyeron las infinitas extensiones de bosque boreal de Alaska y del Yukón canadiense. La mítica "última frontera" era en mi mentalidad de niño un lugar de aventuras y emociones, de tramperos y buscadores de oro, de gente solitaria que vivía en los bosques sin ver a nadie durante meses. Un lugar de gente dura y hecha a sí misma. Años más tarde, en la adolescencia, veía una y otra vez las fotos y releía hasta desgastar las letras del fascículo nº 3 de la colección de Félix Rodríguez de la Fuente "La aventura de la vida, crónicas de viajes" en el que convivía durante unas jornadas con el trampero suizo Jürguen Jöffer y su mujer Jane en una concesión de caza en los territorios del Yukón, tras abandonar las comodidades de su país en la civilizada Europa y acudir a la llamada de los bosques.



Así que recorrer las infinitas extensiones de coníferas de la taiga escandinava ha sido un poco como acercarme a cumplir aquel sueño imposible de mi infancia, como aproximarme tímidamente a hacer realidad aquella quimera adolescente. Este puñado de fotos bien puede sintetizar el paisaje de esa taiga boreal infinita, eterna y mítica, anhelada desde niño. El sueño de una vida vagando por los territorios inexplorados del Gran Norte imposible ya de ser vivida, la utopía de formar parte de aquel pedazo de historia, en la verdadera y legendaria última frontera.



Poniendo los pies en el suelo habría que decir que la taiga, palabra rusa de origen yakuto, ocupa una franja verde ininterrumpida en la región subártica del hemisferio norte, conformando un cinturón forestal de dimensiones simplemente descomunales, hasta el punto de ser la masa forestal más grande del planeta rozando los 17 millones de kilómetros cuadrados. Este biotopo limita al norte con la tundra ártica y con los bosques templados de frondosas al sur. El estrato arbóreo está compuesto fundamentalmente por coníferas de hoja perenne de los géneros Piceas (píceas), Abies (abetos) y Pinus (pinos) y de hoja caduca del género Larix (alerces), aunque en latitudes meridionales se vuelve común la mezcolanza con algunas especies de frondosas intercaladas, como las de los géneros Betula (abedules), Alnus (alisos), Salix (sauces) o Populus (álamos).

Si nos circunscribiéramos a la comunidad vegetal de la taiga específicamente escandinava, diríamos que está dominada mayoritariamente por pícea común (Picea abies) en terrenos más húmedos, acompañadas de arándanos rojo (Vaccinium vitihs-idaea) y silvestre (Vaccinum myrtillus), acederas (Oxalis acetosella), además de numerosas herbáceas y una apreciable diversidad de musgos del género Polytrichum. En suelos más secos predomina el sempiterno pino silvestre (Pinus sylvrestis) acompañado de brezos del género Calluna, algunas orquídeas (Goodyera repens), líquenes del género Cladonia, u hongos del género Cetraria. Además, en regiones cuya destrucción del bosque ha sido importante se observa una primera fase de regeneración mediante árboles de hoja ancha, como abedules (Betula sp.), alisos (Alnus sp.) o álamos (Populus sp.).



El clima que impera en estas remotas regiones del planeta es subártico, con temperaturas medias anuales de entre -5ºC y 5ºC, siendo incluso más frías que las que encontraremos en la propia tundra a pesar de ser un ecosistema más meridional. Esto es debido a la continentalidad de las regiones ocupadas por estos mares de coníferas, con temperaturas verdaderamente bajas en invierno, que alcanzan fácilmente en las regiones más frías de Siberia entre -40ºC y -50ºC. La temperatura bajo cero más extrema jamás registrada fuera de los polos ha sido de -71'2ºC, y se midió en el pueblo de Oymyakón, en la región de Yakutia, incluida en la Siberia oriental rusa. Respecto a las precipitaciones, estas no son excesivamente elevadas, y gran parte de ellas lo son en forma de lluvia durante los meses estivales. Con inviernos así de duros se hace patente que bastantes meses al año el suelo aparece cubierto de nieve y las masas de agua congeladas. Estas condiciones ambientales son las que justifican las características del estrato arbóreo existente: inviernos extremadamente fríos, períodos vegetativos relativamente cortos y muchas horas de luz durante bastantes meses al año hacen que las hojas en forma de agujas sean más ventajosas de cara a combatir las temperaturas extremas y la evaporación, al tiempo que estas acículas al ser perennes aprovechan la función fotosintética al máximo posible. Además, que las coníferas tengan sus troncos verticales y rectos y sus ramas cortas es una adaptación añadida que busca evitar el exceso de nieve, y por lo tanto de peso, que los pueda dañar. El sistema radicular del arbolado es extenso y poco profundo, puesto que a poca distancia de la superficie el suelo está ya congelado -en lo que conocemos como permafrost- en grandes extensiones del bosque boreal; suelo que ya de por sí es bastante pobre, entre otras razones porque el frío clima ártico entorpece el proceso de descomposición de la materia muerta y ralentiza el reciclaje de sus nutrientes, algo que debemos tener siempre presente. A su vez este mismo terreno, helado durante todo o gran parte del año, es el responsable de que el agua pluvial o del deshielo no se filtre, dando lugar a las numerosas turberas y áreas pantanosas que salpican este ecosistema. 



Pero los bosques boreales son mucho más que la descripción escueta y meramente física de este ecosistema, y entroncan con un sentimiento profundo dentro de nosotros, hurgando en ese alma primitiva que aún se esconde en un rinconcito de nuestros corazones y que, cuando aflora de nuestro interior, nos recuerda nuestra ancestral vulnerabilidad en la inmensidad del bosque, oscuro y misterioso; vulnerabilidad primigenia, atávica, reminiscencia de una época en la que nosotros, además de cazadores, también éramos presa. El bosque prístino nos proporcionaba abrigo y sustento al ser humano, pero también ocultaba amenazadas. Muchos milenios después el hombre regresa a esos mismos paisajes forestales para reencontrarse con la esencia de nuestros ancestros. Obedece a la llamada de los bosques. 

Persiguiendo rescatar la herencia de ese sentimiento ancestral nosotros nos adentramos en el silencio sepulcral del Skuleskogens, un pequeño parque nacional a orillas del Báltico. Este espacio natural curiosamente crece en altura poco a poco -o rápidamente, según se mire, a razón de unos 8 mm anuales- debido al efecto rebote que provocó la desaparición de las masas de hielo que aplastaban literalmente una gran porción de la región báltica hace unos pocos milenios. Liberada la región del peso del hielo el suelo comenzó a elevarse modificando la fisonomía de la costa, haciendo desaparecer islas que se unieron a tierra firme y que hoy son las cumbres del parque, emergiendo otras o cambiando la silueta de la propia costa, dibujando lagunas costeras donde antes había ensenadas.



A finales del siglo XIX se abandonó en la zona la explotación maderera facilitando que el bosque que hoy en día observamos haya recuperado sus procesos naturales y en cierta medida su riqueza originaria. Este bosque de Skule, situado en una región relativamente meridional y húmeda dentro del cinturón forestal holártico y con un clima más benigno, mantiene una comunidad vegetal mucho más profusa y densa respecto de lo que veríamos en una taiga más norteña, aquella que limita directamente con la tundra ártica, más seca y fría, y en donde los árboles se dispersarían dejando espacio a grandes áreas abiertas.

Con todo, la taiga es un ecosistema relativamente pobre en diversidad de especies -botánicas y faunísticas-, dados los ya mencionados condicionantes ambientales que dificultan su diversificación: clima extremo y pobreza del suelo, principalmente. Pero aún así, la vida animal se abre camino en estas monótonas y homogéneas extensiones forestales, y Skulenskogens no iba a ser menos. Tras más de un siglo de recuperación tras el abandono de la actividad maderera, buena parte de la comunidad faunística original ha regresado al ahora parque nacional del bosque de Skulen, y entre sus inquilinos podemos destacar al lince boreal y al oso pardo, además de alces, castores eurasiáticos, martas, tejones, zorros rojos, etc. No están todos los que deberían, es cierto, y aún echamos de menos piezas clave del puzzle como el lobo o el glotón, sobrando además algún otro, como el visón americano, pero debemos aceptar que la globalización ha venido para transformar no solo nuestra vida, sino también los biomas de todo el planeta.




Entrar en estos bosques es como entrar en un templo. El silencio domina un ambiente enigmático, secreto, solo roto por el sonido de nuestros propios pasos. La atmósfera se ha vuelto simplemente mágica y misteriosa, y caminar por su interior se ha vuelto una experiencia seductora que difícilmente olvidaremos. Pisar los mismos senderos por los que trasiegan osos o linces boreales en medio de ese mutismo opresor, casi religioso, te deja una huella dentro que desearás repetir. Nos atrapa el embrujo de la taiga.

Avanzamos despacio, absorbiendo con nuestros cinco sentidos todo lo que nos rodea, intentando no perder detalle ni de lo grande, ni de lo minúsculo. Estamos solos. La suave neviza caída durante la noche acaba desapareciendo, pero deja todo húmedo y saturado. Buscamos huellas, indicios de la presencia de esa fauna tan especial que nos sobrevive en estos bosques fríos, pero solo algunos pícidos se nos muestran con algo de descaro. Descendemos hasta la costa, la misma costa que asciende esos 8 mm al año. Las manchas blancas de un par de cisnes flotan sobre la superficie del mar, a lo lejos, enmarcados por los abedulares cercanos al litoral. Trasteamos por la arena gruesa de la playa buscando huellas de esos seres esquivos. Pero tenemos que regresar al interior, el bosque nos engancha.






Arandaneras, multitud de plantas de escaso porte, además de numerosos musgos -algunos de gran tamaño- y líquenes variados tapizan el suelo, junto a algunos serbales de cazadores y muchos helechos que prosperan aquí o allá. El viento arroja las hojas amarillas de los abedules entre las coníferas y, junto con la madera muerta de los árboles que yacen por todas partes, alimentan el pobre suelo de la taiga. El día, nublado, ayuda a observar con detalle cada rincón del bosque. No hay contrastes molestos.

Estamos en realidad pisando un libro abierto, donde algunos procesos naturales se muestran ante nuestros ojos abiertamente, mientras la mayoría pasarán definitivamente desapercibidos. Equilibrio natural, sí, en estado puro, pero no estático. Equilibrio solo a escala humana. Evolución continua. Todo cambia. Pura ecología. 





La taiga, ese entorno homogéneo, monótono y, para más de uno, aburrido desde la carretera, hay que conocerlo desde dentro. Entonces se transforma. El segundo bioma terrestre más grande del mundo después de los desiertos, se vuelve un lugar especialmente hermoso, atractivo e increíblemente interesante, además de provocar en nosotros sentimientos que creíamos olvidados. Hermoso porque la naturaleza primigenia lo es. Atractivo porque nos atrapa y seduce dicha belleza. Interesante porque sus procesos naturales, más allá de la monotonía de esta extensión infinita de coníferas, son extraordinarios para adaptarse a las duras condiciones abióticas de las regiones subárticas. Y respecto de los sentimientos que provoca solo puedo decir que en ello influye la sensibilidad de cada cual y sus sueños particulares, pero muchos aún sentimos esa llamada de los bosques.



La taiga, el bosque inabarcable que se tiñe de auroras boreales en las eternas noches invernales del Gran Norte, nos retrotrae a nuestros ancestros cazadores y recolectores, o nos transporta a la edad dorada de las exploraciones en la última frontera. 

Solo pronunciar su nombre algo se tensa dentro de nosotros: La Taiga.



7 de enero de 2024

Solo son fotones

Y no me refiero a las fotos. Vayamos al meollo.


Las auroras boreales se forman cuando los vientos solares lanzan partículas cargadas de energía y entran en contacto con los gases que componen nuestra atmósfera, formada casi exclusivamente por nitrógeno (78%) y oxígeno (21%). Estas partículas excitan los átomos de nitrógeno u oxígeno con los que chocan, lo que a su vez hace que los electrones de estos dos gases terrestres suban un nivel de energía repentinamente, lo que es conocido por los expertos como "salto cuántico". El caso es que cuando dichos electrones regresan a su estado normal liberan energía en forma de esos fotones que, en función de la longitud de onda que tengan, nosotros acabaremos interpretando como unos colores u otros.


El color verde -y también el menos habitual amarillo- se observa cuando las partículas solares ionizan las moléculas de oxígeno, gas que, a pesar de no ser el más abundante en la atmósfera terrestre, sí es el más excitable en el encuentro con los vientos solares. Lo normal es que este choque tenga lugar a un centenar de kilómetros de altura, y que la longitud de onda provocada nos ofrezca el clásico color verde, aunque ocasionalmente se pueden producir interacciones mucho más energéticas que emiten longitudes de onda que nosotros veremos como luces rojas cuando el contacto con el oxígeno se produce a más de trescientos kilómetros del suelo.


Aunque sea menos habitual, cuando los vientos solares entran en contacto con el nitrógeno la longitud de onda corresponde a los colores azulados y/o púrpuras en las partes bajas de las auroras, por debajo de los verdes habituales. Nosotros no llegamos a verlas.

Sin embargo, siento mucho decir que estos colores no se ven tal y como se muestras en las fotografías. Esos verdes intensos serán en realidad tonos mucho más simples, suaves y delicados, y a veces incluso ni eso, pues a menudo veremos a las auroras como meras cortinas lechosas, lo que supone algo extremadamente diferente a estos colores intensos que solemos ver siempre, casi "radioactivos". ¿Por qué sucede esto? Pues sencillamente porque para impresionar en nuestros sensores estas escenas en medio de la oscuridad de la noche tendremos que utilizar tiempos de exposición largos, generalmente de 10 a 30 segundos, con un ISO alto y la apertura más luminosa del objetivo que tengamos, y no es lo mismo ver un tenue verde en el instante en el que lo estamos mirando, en vivo y en tiempo real, que ver en la pantalla la suma de 20 segundos de exposición.


¿De qué depende la intensidad de los colores de la aurora?, pues básicamente de la intensidad energética de esos vientos solares, así como de la aceleración de sus partículas cuando entran en contacto con el campo magnético de nuestro planeta. No son, pues, siempre igual de intensas o suaves, al igual que no siempre son igual de móviles.


Y cuando hablamos de sus colores tampoco debemos olvidarnos que en realidad no existen como tales, sino que son la interpretación que hacen nuestros cerebros de las referidas longitudes de onda rebotadas por las superficies de los objetos. Esto nos lleva a un hecho incuestionable: no todos los cerebros interpretan exactamente igual dichas longitudes de onda rebotadas, por lo que puede suceder -y de hecho sucede, sin duda- que ante una misma aurora boreal, haya quien vea los colores más intensos y quien los vea más suaves y tenues.


Algo que no mucha gente conoce es que las auroras boreales, además de las anheladas luces del norte, también emiten sonidos. Estos, sin embargo, no son audibles por nosotros dado que se producen a muchos kilómetros de altura sobre nuestras cabezas, siendo similares al chasquido que producen los cambios de temperatura en el hielo, o al chisporroteo de la electricidad estática que provoca una tormenta. De la misma manera, tampoco mucha gente sabe que este fenómeno se produce igualmente en otros cuatro planetas de nuestro sistema solar, en concreto en Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.


Las auroras boreales (o australes, en su caso) son un fenómeno que, como todos sabemos, generalmente solo se pueden observar en regiones muy concretas del planeta, por lo que la mayor parte de los seres humanos, o no estamos acostumbrados a verlas, o directamente no las hemos visto jamás. Muchos -la inmensa mayoría- no las verán nunca. Los mejores lugares para verlas no son exactamente los polos, como muchas veces se tiende a pensar erróneamente, sino las proximidades de los círculos polares. Esto es debido a que el óvalo auroral es realmente un anillo de descomunales dimensiones que se forma en el embudo que el campo magnético de la tierra genera alrededor de los polos. En nuestro hemisferio norte las regiones más adecuadas se sitúan entre los 60º N y 70º N. Por eso todas aquellas personas que no tienen la fortuna de vivir en esas áreas del planeta tendrán que viajar lejos si quieren tener la posibilidad de disfrutar de su espectáculo, a menudo arriesgándose a tener los cielos nublados en viajes que muchos deben contratar con bastante tiempo de antelación, o a tener la mala fortuna de hacerlo en momentos con poca actividad solar. Por ello la mejor manera de asegurarse que sí o sí las vas a disfrutar es viajar a esos lugares adecuados por un tiempo prolongado. Y eso es lo que nosotros hicimos. 


¿Y cómo es el día a día de un furgonetero cazauroras?

Pues lo primero que se necesita es descargarse en el móvil diversas APPs: al menos una que te indique un pronóstico meteorológico fiable del lugar al que viajes, y otra más -la verdaderamente fundamental- que prediga la aparición o no de las auroras, así como diversas informaciones importantes sobre el inminente evento de esa noche, como el famoso Índice KP, la región del planeta en la que se está observando en tiempo real, etc. Nosotros nos descargamos un par de ellas, pero básicamente utilizábamos la versión gratuita de la aplicación llamada "Aurora". Estas predicciones son posibles debido a que se monitoriza diariamente la actividad en la superficie del sol y, teniendo en cuenta que los vientos solares tardan en llegar a nuestro campo magnético unas 18 horas después de producirse las eyecciones y explosiones solares, es fácil calcular con antelación suficiente la intensidad de las auroras boreales que se pueden formar.


Sobre el terreno, y antes incluso de saber si esa noche tendrás suerte o no con los cielos, el primer paso necesario es buscar una localización nueva para que el disfrute sea total y, a ser posible, las fotografías resultantes sean distintas a las de la noche anterior. Así que, tras desayunar y ordenar la furgona, pillamos carretera y hacemos algunos kilómetros (no necesariamente muchos) hasta encontrar una buena ubicación que mire al norte, lo que resulta bastante importante, pues se forman más en esa dirección. Dicha ubicación debe estar libre, a ser posible, de luces y de otros vestigios artificiales (antenas, tendidos eléctricos, carreteras, pueblos, etc.), que ofrezca más de una posibilidad de encuadres (unas montañas escarpadas a un lado, otras diferentes a otro, una lámina de agua delante que te ofrezca reflejos, árboles, ...) y que sea perfecto para dormir tras la sesión nocturna, ya que puede acabar muy de madrugada. Si el lugar localizado está muy cerca del usado la noche previa, que puede pasar, puedes hace dos cosas: o te apalancas allí todo el día, o regresas al atardecer, pero una buena localización es fundamental, así que esa será la tarea más importante del día. Una vez hechos los deberes de clase solo queda esperar, cruzar los dedos, que el cielo esté despejado o no muy nublado, y esperar sin despistarse, que a nosotros la primera noche a las 18:30 ya estaba moviéndose por encima de nuestras cabezas.


Si la amiga aurora tarda en hacer acto de presencia pero el pronóstico de las APPs es bueno, no nos quedará más remedio que salir cada poco de la furgoneta -nosotros lo hacíamos cada 15 minutos- para cotillear el firmamento por un momento, antes de regresar al calorcito del su interior. En función del estado del cielo y de lo que nos avancen las APPs, esperaremos hasta la hora que sea necesario -algunas noches hasta bien entrada la madrugada- o nos recogeremos al calorcito del edredón de pluma, que en estas latitudes es donde mejor se está por las noches cuando el termómetro baja en picado, como ya vimos en la entrada anterior de este blog. 

No seáis descorteses y esperarla, aunque como buena dama se haga un poquito de rogar, la señorita aurora seguro que se presentará.


Como cortinas de colores mecidas por la brisa tras una ventana entornada, las luces del norte se mueven suavemente sin parar, simulando volutas de humo que ascienden desde una taza de café caliente frente a un fondo oscuro que las delata. Cuando han pasado los segundos de exposición de la foto y se cierra el obturador estoy junto al trípode y aprieto de nuevo el disparador, y si la danza continúa repito la maniobra varias veces. Posteriormente, al ver las fotos seguidas en la pantalla de la cámara, podremos ver su movimiento y el continuo cambio de formas.

Bailan las auroras. Se balancean como en un columpio de movimientos suaves. Se estiran, serpentean en el cielo negro abarrotado de estrellas. Se curvan, hacen tirabuzones y flirtean con nosotros, sabedoras de nuestro embelesamiento.


¿Se puede realmente acostumbrar uno a esta belleza por exceso de exposición a ella, y normalizarla hasta acabar dejándola de admirar? Me resulta difícil imaginarlo. Como si sufriera el síndrome de Stendhal me emociono hasta lo inimaginable ante este fenómeno luminiscente, mágico y fascinante, que me vincula, más si cabe, a la madre tierra que piso. 


Cortinas de colores sobre nuestras cabezas. Volutas verdes que serpentean delicadas bajo las estrellas.

La probable realidad es que las luces que pueden ser oídas, como las conocen el pueblo sami, sus "guovssahas", puedan ser en realidad las chispas que la cola de un mágico zorro ártico produce al cruzar veloz las tundras árticas, por lo que también las denominan fuego de zorro. O puede que las que estén en posesión de la verdad sean esas otras leyendas nórdicas que aseguran que se trata de las brillantes luces que reflejan las armaduras de las famosas valkirias, aquellas divinidades menores vikingas que decidían qué hombres sobrevivirían o perderían la vida en la batalla.

Sean unas leyendas u otras las que más nos gusten, siempre serán más románticas que los electrones negativos, los protones de carga eléctrica positiva y los propios fotones. Y a mí, ¡qué queréis que os diga!, esas luces se me parecen mucho más al brillo que pueda reflejar la armadura de una semidiosa vikinga, o a las que pueda provocar la cola de un zorro al correr veloz por aquellas desoladas regiones, que a los razonamientos físicos que nos hablen de moléculas, energías eléctricas y campos magnéticos. 

¿Y vosotros, qué opináis? ¿creéis que solo son fotones?

2 de enero de 2024

El invierno que atenaza

Estamos muy al norte, un centenar de kilómetros al sur de Kiruna, punto neurálgico del Ártico sueco. Hemos entrado de lleno en el dominio del bosque boreal, lo que los menos versados generalizamos de modo demasiado simplista como taiga.

Amanece a orillas de un pequeño río cualquiera que serpentea sinuoso entre un tapiz de coníferas que se pierde de vista hacia los cuatro horizontes. El curso fluvial está empezándose a congelar y nos muestra un llamativo color marrón, habitual en regiones con numerosas turberas y zonas pantanosas, y que a más de uno le recordará a Escocia, por ejemplo. Según se indica en un reciente estudio ese tono podría estar relacionado con la reducción de lluvia ácida observada en las últimas décadas, lo que ayudaría a acumular una mayor cantidad de carbono en depósitos orgánicos del suelo, en especial en esa miríada de turberas que surgen por doquier en regiones frías del norte, carbono que posteriormente acaba llegando a ríos y lagos disuelto en el agua, dándole ese típico tono de color té. Un color que parece ser, en realidad, el suyo natural.




Atrás ha quedado el Parque Nacional de Abisko y sus paisajes, sus renos, sus lagópodos escandinavos y sus alces en celo. Sus nieblas y sus atardeceres. Sus escenarios inhóspitos. Sus bosques de abedules y de pinos silvestres. Sus lagos y sus turberas. Todo ha quedado atrás demasiado pronto, así que nos hemos prometido una visita más pausada en otra futura oportunidad, para recorrerlo con un mínimo de detenimiento en pos de sus inabarcables paisajes y su fauna. 



Pero para llegar hasta aquí hemos tenido que atravesar, con no pocas dificultades, ese mar de píceas infinito e imposible de abarcar con la vista. No ha sido fácil. Pasar de la Noruega atlántica a la Suecia continental no solo ha sido incómodo, sino que ha sido incluso como abrir la puerta del invierno, que en estas regiones árticas bien podría ser considerado casi un sinónimo del infierno. Cruzar la frontera entre los dos países significa pasar de un clima frío pero suavizado por el efecto atemperante del océano Atlántico y su corriente del Golfo, a un clima frío continental que durante el otoño puede ya registrar condiciones claramente invernales. El blanco se ha vuelto el color dominante, cubriéndolo todo, y el termómetro no parece querer detenerse en su descenso.



Por si fuera poco, anoche las auroras boreales no se dejaron ver, pues una manta de nubes ocultó el cielo escandinavo haciendo desaparecer cualquier oportunidad de disfrutarlas. Sin embargo, no me avergüenza reconocer que los 15º bajo cero que marcaba el termómetro una vez anochecido hicieron que ello no me disgustara demasiado: se estaba bastante mejor al calor denso de la calefacción estática de la furgona que en la intemperie manipulando el equipo fotográfico. Unas horas antes habíamos estado deambulando por una pista blanca con numerosas huellas de renos y alces en la nieve, buscando encuadres de cara a hacer mías esas fotos que todos tenemos en la mente de verlas en tantas ocasiones, con el bosque de píceas bajo un dosel de color verde, moviéndose como si tuviera vida. Durante la noche el termómetro había seguido su ritmo descendente de un modo imparable, pero aún así nos sorprendieron los 23'5º bajo cero con los que amanecimos.


Del grifo de nuestro fregadero dejó de salir agua; sin duda se habría congelado en sus pequeñas conducciones, pero era un problema que no nos afectaba demasiado pues disponíamos de agua aparte. Pero cuando la calefacción estática comenzó a fallar de modo intermitente ya no nos hizo tanta gracia. El calor del interior del vehículo es vida y protección, y lo necesitamos para salir al exterior sabiendo que allí nos esperan unos grados acogedores. Hasta la propia carrocería llevaba reflejada en su cara la dureza de las carreteras tras la travesía de los últimos centenares de kilómetros nevados.


El catálogo de carreteras congeladas por las que íbamos circulado no paraba de ampliarse, tapizadas todas ellas de nieve o hielo a pesar de ser las vías principales de comunicación en la región, y que unían, por ejemplo, Noruega y Suecia, por un lado, y de norte a sur, por otro. Su lamentable estado no invitaban en absoluto a circular por ellas, precisamente. Tal era así, que a las carreteras secundarias ya ni nos acercábamos, y algún interesante valle atravesado por vías locales se quedó ya en el tintero ante la seguridad de no poder circular por ellas. Es más, incluso encontramos en Noruega carreteras directamente cerradas al tráfico, que quedaban cubiertas por la nieve a pesar de unir pueblos o acortar itinerarios, en las que no se tenía previsto pasar las quitanieves y cuya circulación quedaba restringida a la exclusiva responsabilidad de los conductores que optaran transitar por ellas. Al menos así rezaban los carteles.










Había llegado el momento de salir de allí, y cuanto antes. Había que regresar a la comodidad de los 0º, o, mejor aún, a los cálidos 2º o 4º positivos. Después de muchos días con temperaturas negativas se hacía necesario darnos un respiro a los tres -tanto a la furgoneta, como a nosotros dos-, pues la conducción llevaba ya demasiadas jornadas siendo, cuanto menos, delicada.  

Buscando dejar atrás el invierno y regresar al amable y fotogénico otoño, esos 23'5º bajo cero que alcanzamos fueron el pistoletazo de salida definitivo para iniciar nuestra particular migración hacia el sur. Así, como las grullas del Gran Norte, pusimos rumbo definitivo a tierras más cálidas y acogedoras. Dejamos el invierno y regresamos al otoño.