Vivir es un tránsito, un camino en donde todos somos nómadas. Que la travesía merezca la pena, depende de ti.
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14 de julio de 2015

Gaviota patiamarilla

Hasta cuatro adultos de gaviota patiamarilla (Larus michahellis ) me sobrevuelan gritando a no mucha altura sobre mi cabeza. Sin lugar a dudas, algunos de sus miméticos y nidífugos pollos estarán cerca de mí entre la vegetación y las rocas que me rodean mientras yo intento hacer algún plano diferente de otro ejemplar. La foto tampoco va a ser la pera, así que no merece la pena incomodar a los padres y recojo por enésima vez el equipo en la mochila, plego el trípode y continúo por el sendero hacia el interior de la isla, alejándome de la zona de nidificación de estos individuos tan preocupados por mi parada. Acostumbradas a las lonjas de pescado, a los puertos pesqueros y a las playas atestadas de bañistas entre cuyas pertenencias rebuscan y roban al menor descuido bolsas de comida, bocadillos envueltos en papel de aluminio y chucherías, no presentan especial temor por la cercanía de la gente, lo que a mí me sirve para fotografiarlas sin mucha dificultad moviéndome alrededor suyo -si el acantilado me lo permite-, buscando el fondo adecuado cuando se puede, la orientación de la luz o la composición. 

Acostumbrado como estoy a verme en la necesidad de permanecer oculto dentro de un hide, disfruto como un niño de la presencia confiada de estas aves de espectaculares y acrobáticos vuelos a mi alrededor, en una de las mayores colonias del mundo de esta especie. Se persiguen ariscas, oportunistas, audaces y agresivas cuando alguna de ellas logra algo de pitanza, y a veces llegan a casi rozar mi cabeza con las puntas de sus alas. Yo, que soy de secano, me evado como en un sueño con la algarabía y diversidad que pueden llegar a presentar los ecosistemas costeros. En un momento dado, bajo la superficie del agua emerge un enorme congrio (probablemente mayor que yo mismo) deslizándose como un ser telúrico entre las algas y las rocas, para desaparecer en cuestión de segundos. Por encima del dosel que forman los pinos y eucaliptos de repoblación, el insistente reclamo del halcón peregrino resuena poniendo en alerta a todas sus hipotéticas presas. No llegamos a verlo, pero su voz me es tan familiar que, sinceramente, no lo necesito para sentir la satisfacción de su presencia. Por último, entre las grandes aves marinas los cormoranes moñudos vuelan de allá para acá, raso sobre la superficie del agua, formando el colofón final de este interesante elenco de seres que durante una jornada nos han rodeado.

Nos alejamos de la isla y del oleaje golpeando contra sus rocas observando algunos delfines surcar las aguas que nos separan del continente, y con el recuerdo imborrable de las patiamarillas, con ese pico bestial y esos ojos claros rodeados de un estético anillo rojo (que, dicho sea de paso, a mí me traía viejos recuerdos de jornadas pasadas años atrás fotografiando al quebrantahuesos).

Dejo atrás el bullicio de la colonia con la seguridad de que regresaré en un futuro no muy lejano.
















18 de enero de 2013

Piedras...

... ¡quién os ha visto, abrazadas de sonidos familiares y oraciones, y quién os ve, envueltas en silencio y soledad, huérfanas de pasos y murmullos, como costillares pétreos que ya sólo sirven para cobijar nidos, como huesos de un esqueleto agrietado cubierto de humedades y de mohos!

Siglos de historia se leen en estas piedras caídas que un día fueron dintel, dovela, arbotante y arquivolta. Ellas nos hablan. Nos relatan historias de recogimiento y de fe. De luchas y poderes. De ostentación o de sincera devoción. Nos cuentan cosas sobre gente sencilla y anónima, y sobre personajes ilustres con nombres y apellidos petulantes. Gentes que dejaron su impronta en estas piedras que ahora se apoyan sobre el suelo, derrumbadas, desmoronadas por el paso del tiempo, pero sobre todo, arrasadas por la desidia y la desafección. Piedras arruinadas para siempre por nuestra apatía e indiferencia, mucho más dañinas que las propias manecillas del reloj.