Vivir es un tránsito, un camino en donde todos somos nómadas. Que la travesía merezca la pena, depende de ti.

18 de mayo de 2017

Upupa epops

Pasar largas horas fotografiando fauna que, no lo olvidemos, se presenta siempre más o menos esquiva a la presencia del hombre (por algo será, y no dice mucho de nosotros) nos da la oportunidad de presenciar de cerca lo que, por lo general, la mayor parte de la gente no puede ver con tanto detalle. Observar con un telescopio acorta las distancias mucho, es cierto, pero ni aún así a veces se puede contemplar tan de cerca la vida salvaje como desde dentro de un escondrijo al que los animales no prestan ninguna atención o, en el peor de los casos, muy poca. Así, tener posado a dos metros a tu izquierda un pájaro cazando sin sospechar que lo observamos te da la ocasión de deleitarte de una forma diferente de la naturaleza. Tenerlo delante, además, te permite fotografiarlo y guardar para siempre un recuerdo que se habrá vuelto imperecedero, con el valor añadido de suponer un documento gráfico que describe un aspecto determinado del comportamiento animal. Esto es, en gran parte, el principal atractivo de la fotografía de fauna para una persona que se considera ante todo naturalista, como yo. Si además, por añadidura, la fotografía es una afición pasional, la satisfacción de volverte para casa con algunas tomas interesantes no puede tener otro resultado final: acabas enganchado. Y mucho.

Yo generalmente había visto a las abubillas (Upupa epops) cargando saltamontes y escarabajos en la punta de sus picos camino de algún nido más o menos escondido en el hueco de algún árbol, de algún montón de piedras, o de algún muro. En el encinar donde me muevo últimamente no dejan de capturar enormes arañas de grandes y rechonchos abdómenes. Las veo cómo van y vienen batiendo la zona. Se posan reiteradamente bajo la misma encina tres o cuatro veces, yendo y viniendo desde ella al nido con una captura tras otra. Luego se van a otra encina y después a otra, y a otra, y a otra. A veces por mi izquierda, a veces por mi derecha o por detrás de mi escondite. Pero en ocasiones lo hacen por delante de mi objetivo, bajo el propio árbol que me cobija y camufla. Y en esas circunstancias observo cómo las sacan de su agujero en el suelo con la seguridad de que sus picos largos y finos las protege de una posible picadura. Las deja en el suelo, las golpea repetida y eficazmente con el extremo del mismo y las mata. Si antes, al comienzo de la operación, la araña movía sus largas patas y quelíceros intentando zafarse del ave y defenderse, ahora, ya muerta, permanece encogida, como hecha un minúsculo ovillo, inerte e inofensiva. Es el momento de ofrecérsela a la hembra que permanece cazando cerca en los primeros momentos del período reproductor, o de levantar el vuelo y regresar al nido, cuando aquel está ya más avanzado.






Al nido en cuestión no siempre entran de la misma forma. Hay veces en las que se posan previamente en alguna rama concreta de la propia encina o de otras aledañas, y hay veces en las que lo hacen de un modo directo hasta la boca de la cavidad. Yo las observo desde lejos desde mi coche, con los prismáticos, y anoto los intervalos de tiempo entre cada una de las cebas. De esta forma compruebo en los primeros momentos del período de crianza que la hembra debe estar ya incubando o con pollitos muy chicos, pues solo permanece un ejemplar en el exterior aportando alimento. Días después ya son los dos miembros de la pareja los que acuden con presas en sus picos hasta el tronco hueco de la encina. E imagino además que los vástagos deben ser aún pequeños, pues ambos progenitores se introducen completamente dentro del mismo, señal de que aquellos aún no saben o no pueden esperar su ración en la entrada, trepando por el interior del estrecho habitáculo. Las cebas se suceden frenéticamente. A veces dos en un mismo minuto. Si ambos padres coinciden en la entrega, el macho traspasa la presa capturada a la hembra y esta remata la ceba.

Con el paso de los días, ya no entran dentro, lo que delata que los pollos han crecido bastante; simplemente se asoman al interior, introducen su largo pico y se van a por más. Su hambre debe ser insaciable, y no hay tiempo que perder. Araña tras araña, intercaladas con alguna que otra gran larva, van siendo engullidas por una nidada que se debe mostrar hambrienta y exigente. Dictatorial. Las cebas duran unos segundos escasos desde que llegan a la hoquedad con la cresta enhiesta (como hacen siempre que se posan en cualquier sitio), introducen el pico y se van. Muchas veces es un "visto y no visto".





Amanece y yo me encuentro una vez más dentro del hide. Se despereza por fin el día con el clarear de la mañana mientras los bichos de la noche se retiran. Roedores, zorros, erizos y algún que otro mochuelo se repliegan a sus escondrijos. Estos últimos aún se harán notar a lo largo de varias horas con sus reclamos aflautados, emitidos desde algún punto indeterminado del monte. ¡Cómo me gustan estos momentos del nuevo día! Cambia la luz por instantes y en cuestión de unos minutos el escenario sobre el que fotografío a mi pareja de abubillas muta. Voy modificando los parámetros de la cámara con la misma rapidez con la que esa luz se torna más intensa. Al principio todo en sombra, tanto fondos como posadero. Luego por fin los primeros rayos del sol alcanzan la encina que utilizo de fondo, mientras que el posadero donde descansa por un momento uno de los ejemplares permanece en sombra. Más tarde todo se tiñe de sol cálido y tibio. Tres luces, tres fotos.




Pero la última mañana aún me depara un nuevo aspecto del comportamiento de las aves que por cotidiano nos pasa generalmente desapercibido. Se trata del aseo del plumaje a través de una glándula que, aunque no tienen todas las especies de aves, sí la mayoría: la glándula uropígia, o uropigial.

Se trata de una glándula sebácea que presentan en la base de la cola, sobre la espalda, y que en ocasiones está rematada por un pequeño "plumero", una especie de pincelillo de minúsculas plumas. Con las ceras que excreta esta glándula durante el acicalamiento diario, el ave impregna su plumaje para mantener en él un cierto nivel de impermeabilización, así como de resistencia y limpieza.


El aceite secretado a través de las papilas finales de la glándula mancha el extremo del pico de esta abubilla mientras pinza con su punta el pequeño pincel de minúsculas plumas existente junto a los poros excretores, en la parte exterior de la misma.


Las secreciones así producidas en el interior de la glándula son repartidas con el pico del ave por aquellas plumas a las que no llega bien con su cabeza, en una acción de aseo muy típica y característica. Mediante este procedimiento, y gracias al uso del propio pico del animal, son untadas las plumas de la cola y de las alas.



Allí a donde el ave sí llega, distribuye los aceites restregando directamente el plumaje de su cabeza contra el del resto del cuerpo, tras haberla previamente frotado contra la glándula.



Esta labor, repetida en diversas ocasiones a lo largo de la jornada, permite mantener un nivel óptimo de limpieza e impermeabilización del plumaje, y su trascendencia es mayor de la que pudiera parecer en un principio. De hecho, de ello depende su supervivencia, y no solo por el elevado grado de aislamiento que proporciona una pluma bien cuidada frente a las inclemencias climatológicas adversas, sino además porque ello les permite realizar los largos trayectos migratorios que muchas de estas aves realizan cada año, incluida nuestra pareja de abubillas.

Poder fotografiar algo tan minúsculo y hasta íntimo (aunque de nombre tan poco glamouroso) como la citada glándula uropígia durante su aseo diario, ha sido el postre perfecto para las jornadas de trabajo realizadas con estas abubillas, que, dicho sea de paso, a estas alturas ya está concluyendo con éxito la primera de las nidadas de la temporada. A la satisfacción de tener de cerca a estas bellas aves mostrando su comportamiento más natural, se une la de haber fotografiado algo tan inusual, por pequeño y escondido.

La primavera con su climatología enrevesada y cambiante no se detiene y los días de campo se suceden. Bosques, estepas, humedales y montañas se llenan de cantos y amoríos. Las nuevas generaciones de los seres que los habitan obligan a sus progenitores a trabajar duramente para perpetuar las especies, lo que a nosotros nos brinda la oportunidad de disfrutar de sus idas y venidas, de sus comportamientos y de sus quehaceres cotidianos, aprendiendo un poquito más sobre ellos, y disfrutando "un mucho más" de su presencia. De esa presencia que desde el interior del hide resulta mucho más cercana y natural.

21 de abril de 2017

Las SANDACH

¿Qué son en realidad las SANDACH?

En 2011 la Unión Europea se hace eco de algunas problemáticas colaterales que derivaron de las apresuradas medidas adoptadas unos años antes para erradicar la enfermedad de las "vacas locas", y aprueba un nuevo reglamento por el cual se regula el destino final de los Subproductos de origen Animal No Destinados a Consumo Humano -que es lo que significa el acrónimo SANDACH-, derogando desde ese mismo momento la normativa aprobada 9 años antes, que contemplaba, entre otras medidas, la obligación de las cabañas ganaderas de deshacerse de las reses muertas mediante empresas intermediarias que las trasladaban a una incineradora, asumiendo los costos de esta gestión.

La evidencia de puntos específicos revisables y mejorables de aquella estricta normativa de 2002 -aprobada urgentemente en aquellos primeros años de miedo tras los brotes de la encefalopatía espongiforme bovina- y las numerosas alertas y avisos que se vinieron realizando posteriormente sobre la situación a la que abocaron dichas disposiciones a las especies necrófagas, aconsejaron a la Unión Europea a adaptar dicha legislación, levantando ciertas restricciones, aunque sin perder un control efectivo sobre el sector, perseverando en una normativa rigurosa sobre seguridad sanitaria y medioambiental que garantizara la completa fiabilidad de la cadena alimentaria humana y animal.

Así nace un nuevo reglamento que a partir de 2011 regula el modo en que se puede abandonar el cadáver de una res en el campo, muy a pesar de algunas personas que habían visto en la recogida e incineración de los deshechos animales un negocio ilimitado. El BOE publicó el 25 de noviembre de 2011 el Real Decreto 1632/2011 del 14 del mismo mes, por el que se desarrolla a nivel nacional la normativa europea y, posteriormente, el Real Decreto 1528/2012 por el que se establecen las normas aplicables a estos subproductos de origen animal, y derivados. Transcurridos dos años desde la aprobación de la normativa a nivel comunitario, la Junta de Castilla y León por fin aprueba el esperado Decreto 17/2013 de 16 de mayo de 2013 que desarrolla a su vez las normativas europea y nacional, aunque la publicidad e información que se destina al sector ganadero respecto de la nueva normativa es poco menos que nula. Lamentablemente, a día de hoy, muchos son todavía los ganaderos que desconocen la posibilidad que les ofrece la Ley para deshacerse de los cadáveres muertos y continúan pagando a las empresas del sector la retirada de los mismos.

Pero, vayamos al grano. ¿Quiénes pueden realmente abandonar cadáveres de ganado en el campo? Para poder hacerlo dentro de la Ley hay que cumplir unos sencillos requisitos, a la par que lógicos. En primer lugar la explotación ganadera debe ser en extensivo, quedando explícitamente excluidas las explotaciones en intensivo o mixtas. En segundo lugar la cabaña debe estar saneada, es decir, debe contar con todas las garantías de vigilancia sanitarias y bienestar animal que contemple la Ley, con los programas de vacunación adecuados y las revisiones veterinarias oficiales requeridas habitualmente. Y en tercer lugar, estar ubicada en un término municipal que se encuentre incluido en una ZPAEN, o lo que es lo mismo, en una Zona de Protección para la Alimentación de Especies Necrófagas. El territorio de Castilla y León está casi incluido en su totalidad como ZPAEN, a excepción de algunas porciones de León, Zamora, Valladolid, Burgos y Palencia, como se puede observar en este mapa. Junto a estos tres requisitos, al ganadero en extensivo solo tendrá que disponer de un libro de registro en el que anotará la identificación del animal, su peso y la fecha en la que sus restos fueron abandonados en el campo para servir de alimento a las aves necrófagas.

Transcurridos casi cuatro años de la aprobación en nuestra comunidad autónoma del Decreto que regula este tema, me temo que la implantación en el sector ganadero aún no está generalizada, aunque va mejorando. A mi área de campeo -muy lejos de los cantiles y laderas boscosas en los que habitualmente crían las dos grandes necrófagas ibéricas- van llegando ejemplares de buitre leonado y negro, así como de algún que otro alimoche, aparte de los habituales milanos de ambas especies que residen por la zona. No dudan en bajar (o sí) hasta los restos de ganado para alimentarse y limpiar la zona. Los grandes buitres despliegan su tren de aterrizaje con sus toscas garras y se dejan caer como misiles sobre las carroñas en descomposición. Las moscas alrededor de la carne maloliente y los miles de gusanos reptando entre los tejidos no molestan a estos eficientes sanitarios de nuestros campos. Dependiendo del número de ejemplares, en poco tiempo pueden llegar a dejar limpia la carcasa de una oveja, aunque regresarán probablemente a seguir comiendo no sabemos muy bien qué, cuando nosotros no vemos ya qué es lo que se puede rebañar de un esqueleto hueco.

Generalizar de nuevo el abandono en el campo de reses muertes (con las debidas normas de seguridad) está representando por fin un alivio para las poblaciones de grandes necrófagas, que vieron cómo durante más de una década su sustento se vio gravemente mermado. Disfrutemos pues del vuelo de estas poderosas planeadoras sobre nuestros campos y pensemos en la necesidad de legislar con sentido común y simple lógica.












19 de abril de 2017

Tarabilla

Al poco de salir los primeros rayos de sol, la hembra de tarabilla común (Saxicola rubicola) ya se posa cerca de mí, como anunciándome el inicio de lo que será quizás una sesión fructífera. La mañana está clara y fresca, mientras la luna permanece aún visible sobre el horizonte. La humedad de la noche se evapora en el ambiente y me obliga a abrigarme un poco. Estoy destemplado pero feliz de encontrarme aquí, rodeado de cantos y trinos, de campos verdes y pajarillos. La primavera a explotado y todo parece efervescente alrededor mío. La pareja de tarabillas me visita cada cierto tiempo, entre cogujada y cogujada. La mañana pasa entretenida y los disparos de la cámara se acumulan en la tarjeta de memoria de un modo lento e intermitente, mantenéndone de este modo entretenido y alerta. El macho en especial tiene la mala costumbre de posarse delante de mí apenas unos segundos y, además, en el posadero que yo no tengo encuadrado. Así pues, muevo lentamente el objetivo hacia su atalaya, encuadro al pequeño modelo, enfoco su ojo y ... se va volando como riéndose de mi justo cuando voy a apretar el botón del disparador.

Desde mi posición puedo ver sin ser visto. El paso de tractores lejanos, con su ronroneo cansino; el vuelo increíblemente elegante de los milanos; el veloz del cernícalo; las alertas de los conejos; los revoloteos cercanos de las collalbas rubias y grises buscando insectos por el suelo, compartiendo espacio; alguna abubilla con su reclamo hueco; urracas, grajillas y cornejas que se posan sobre la encina que me esconde; o en la lejanía la pareja de perdices que de vez en cuando proclaman sus amores a los cuatro vientos. Y verderones, y jilgueros, y gorriones, y abejarucos, ...

Estas mañanas de primavera son, sin duda, un bálsamo contra las prisas de la ciudad.






18 de abril de 2017

Otra primavera

Una nueva primavera nos ha pillado de lleno. La observo alrededor de mi casa, en mis paseos cotidianos. No solo en el verde intenso de los cereales y en las hojas nuevas de los árboles. Cogujadas, tarabillas, collalbas, abubillas, gorriones, estorninos, verderones, mirlos,... todos se afanan en cantar, atraer compañera, en elaborar el nido, ... Algunos ya están cebando, incluso.

Me acerco como cada año a mis rincones preferidos, al encuentro con los pájaros que nos rodean, esos que por cotidianos pasan desapercibidos. Los olvidados de muchos fotógrafos. Si en la entrada anterior fueron nuestras cotidianas perdices rojas, la "patiroja" que llaman los cazadores, hoy son las cogujadas comunes (Galerida cristata) las que reclaman mi atención. Modestas, pero de canto estridente que llega a envolver nuestros campos como una banda sonora de fondo. Curiosas, con su cresta enhiesta. Cercanas, cuando las vemos por nuestras carreteras y en nuestros pueblos y ciudades, correteando delante nuestro. Ellas posan para mí con amabilidad una primavera más, y se lo agradezco. Desde el interior del hide las veo picoteando el suelo en busca de algún insecto y de pequeñas semillas, entre los tomillares del erial. Solo de vez en cuando se posan sobre alguno de los posaderos y debo andar vivo para no perder mi oportunidad. Encuadro, enfoco el ojo y disparo una corta ráfaga cuando la luz directa del sol lo hace brillar. Si tiene a bien cantar, busco el pico abierto, mientras mantengo ese ojito marrón y su brillo enfocados. Una nueva ráfaga sale desde el interior del escondite de tela. Se "centrifuga" y disparo otra ráfaga más. Ella ni se inmuta. Sigue durante unos segundos a lo suyo, pendiente de otras cogujadas y de cuanto le rodea. Poco tiempo después se va.

Yo, me quedo de nuevo esperando la siguiente oportunidad.




28 de marzo de 2017

Una de las grandes olvidadas

Cuando camino por el campo, a menudo pienso en algunas especies de animales como las grandes olvidadas de nuestra fauna. Se me cruzan por el camino y me asombro que ante la belleza de algunas de ellas la gente no se detenga más a admirarlas. Me pasa con los azulones, por ejemplo, pero también con las perdices (Alectoris rufa). Su cotidianidad y su abundancia consiguen que pasen desapercibidos para muchos amantes de los animales. Pero como fotógrafo me vuelvo consciente de la hermosura de sus plumajes y me hace pensar que esta afición (la fotografía) sirve para algo más que para transmitir a la sociedad la importancia de conservar el medio y a sus moradores; que sirve para algo más que para hacer educación ambiental entre quienes observan las imágenes; que va más allá de la simple pedagogía, imprescindible en estos tiempos tan difíciles para la naturaleza. Nos ayuda también, además, a abrir los ojos frente al ostracismo al que hemos relegado a aquellas especies que, por comunes, se han vuelto invisibles para muchos. Animales algunos, sí, hay que reconocerlo, de tonos apagados y modestos que les sirven, sin embargo, para pasar inadvertidos ante sus depredadores. Currucas, mosquiteros o aláudidos son buenos ejemplos de familias de aves olvidadas a las que se les presta por lo general una atención escasa. Pero en otras ocasiones especies de exóticos y llamativos colores pasan también desapercibidas ante nuestros ojos. La perdiz roja es una de esas especies, y yo me asombro de ello. Solamente los cazadores que la persiguen con tesón parecen darse cuenta de su belleza; y cómo me recuerda ese gran interés que muestran por esta especie al que sienten sus colegas británicos por el lagópodo escocés; lo que me entristece, además, doblemente.

Cuando el sol de la mañana comienza a calentar estos días de incipiente primavera, las perdices ya están correteando de allá para acá, en parejas, cantando y reclamando, erguidas, tiesas; ligeras y veloces a veces, a peón; y a veces pausadas y mimetizadas. En algunas oportunidades se me acercan junto al hide a picotear las gramíneas que crecen a la sombra de las encinas, junto a las que yo me acomodo intentando pasar desapercibido. Y a tan escasa distancia las llego a tener en ocasiones, que puedo reparar privilegiadamente en los detalles de su maravilloso plumaje sin que ellas lo adviertan. Me gusta oír su canto en nuestros campos cerealistas y adehesados. Verlas con sus familias numerosas cruzando caminos, perdidos y campos de rastrojos, apresuradamente, inquietas ante los peligros que puedan acechar a sus polluelos. Modelos inesperados en sesiones fotográficas a otras aves, su reclamo se transforma en banda sonora de excursiones camperas, de paseos y trabajos en el campo.

Compañeras de amaneceres, eso son nuestras perdices con sus filigranas de colores.